Por: María Elvira Bonilla

La muerte de un justo

ALEXANDER TENÍA 18 AÑOS. EL mayor de siete hermanos. Junto con primos, amigos, tíos, abuelos, padres y vecinos tuvo que abandonar su tierra, su vida. El cambio de siglo cogió a las sesenta familias de Santa Bárbara, una vereda del municipio de San Luis en el Oriente de Antioquia, empacando corotos, huyéndole al miedo, a las amenazas y a las balas.

Disparos sin blanco fijo, que venían desde cualquier lado: de las Farc, de los paramilitares de Ramón Isaza, del Ejército. Fuego cruzado alimentado por retaliaciones, rumores, odios y muchos miedos. Alexander Gómez estaba predestinado a morir asesinado por una de esas balas locas.

Un barrio pobre, agarrado de lo alto de una de las montañas que encierran a Medellín acogió en el 2000 a la familia Gómez Cuervo que venía expulsada de lo que más quería, de lo único que tenía: una pequeña parcela, unas gallinas, unos cerdos, una vaquita y un paisaje lleno de verdes, cruzado por ríos y quebradas. Agua a borbotones que represada, genera buena parte de la energía de Colombia.

Llegaron con las manos vacías, desesperanzados, a enfrentar la humillación de desplazados. La insoportable miseria urbana del desarraigo que los devolvió por su cuenta y riesgo, tres años después a su querida tierra. Alexander con su abuela fue de los primeros en retornar y se propuso devolverle la vida a la vereda. Regresó obsesionado con la escuela, que una vez recuperada la veía como un palacio más imponente que el de Buckingham. Veintidós familias lo siguieron.

El año pasado se encontró con la Legión del Afecto*, un grupo de jóvenes de todas las regiones, que recorre el país llevando solidaridad y afecto, momentos de alegría, a través del baile, la música, los malabares, las máscaras y los disfraces, a comunidades como Santa Bárbara, donde nadie llega por temor o desconfianza. Se unió a ellos. Jóvenes que han padecido la guerra, que la conocen y por eso quieren que termine, muchachos que desafían el miedo con la fiesta y la alegría. Pacíficos y neutrales, generosos, como Alexander.

Viajó con los Legionarios del Afecto a Cartago, a San Francisco, a Circasia, pero siempre regresaba a Santa Bárbara, a trabajar por los suyos, donde había sido elegido presidente de la Acción Comunal. Como si su inocencia lo blindara, subía y bajaba por la trocha sembrada de minas antipersonas, que conduce al corregimiento de Santa Ana, trayendo medicamentos, excedentes de verduras del mercado para repartir entre los más necesitados. Acompañaba a los enfermos, invitaba a los niños a asistir a clases, listo a llegarle al alcalde de San Luis en busca de auxilios para su gente. Era una catarata de energía y entusiasmo.

Alexander tenía su destino marcado. Demasiado justo para sobrevivir en medio de esta guerra atroz y sin sentido. Lo mataron el jueves pasado de dos balazos en el pecho, cuando preparaba la pequeña parcela para sembrar el yucal. Pero esta vez los campesinos no sucumbirán al miedo, buscarán identificar al asesino que respondió con frialdad su celular: vengan por él a la escuela. Y allí estaba inerme, abandonado en la mitad de su palacio.

* La Legión del Afecto cuenta con el apoyo de Acción Social de la Presidencia de la República y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

 

 

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