Por: Reinaldo Spitaletta

La muerte del engendro

Los vicios del referendo reeleccionista y los del uribismo quedaron al desnudo con el fallo de la Corte Constitucional.

Lo que ya era evidente, por el estilo de emboscada utilizado por sus promotores, se ratificó en una decisión en derecho, y por lo demás valiente, de los siete magistrados que votaron por la inexequibilidad del engendro.

El viernes último, 26 de febrero, quedará en los anales históricos colombianos como una jornada en la que se les cerró el paso a los poderes basados en el caudillismo y el culto a la personalidad, pero también a una aspiración dictatorial. El júbilo expresado por miles de ciudadanos al conocerse la noticia, también indica un modo de despertar del pueblo, víctima, precisamente, de todas las exclusiones y tropelías del gobierno.

Pese a las intentonas diversas del uribismo para amedrentar a la Corte, pese al concepto erróneo del procurador (quedó otra vez demostrada su falta de transparencia), pese a todas las cortapisas interpuestas por los adláteres del Presidente, el referendo reeleccionista fue declarado inconstitucional. Es el fin de una era caracterizada por la corrupción, el clientelismo, la política sin política y las ambiciones personalistas.

Atrás van quedando las maniobras sucias de repartija de notarías y compra de votos; los atentados contra la Constitución; las risitas de celebración de ministros y ex ministros, abrazados cuando sus despropósitos antidemocráticos triunfaban. A pique se han ido las ansias de poder de un grupúsculo de privilegiados para los cuales se ha gobernado en estos últimos años.

El Departamento de Estado de los Estados Unidos declaró, tras conocerse el fallo de la Corte, que Colombia tiene una “democracia vibrante y madura”. Vibrante, sí, en la medida que la gente festejó la recuperación de las normas (tan vapuleadas en los últimos tiempos) y la independencia de los poderes (igualmente socavada en la era uribista). Lo de “madura” está por verse.

Porque el estilo sembrado en estos dos cuatrienios ha sido el de no permitir disensos, el de poner como enemigo al que piense distinto y emita críticas al caudillo. La democracia colombiana se ha basado en el dominio de un club exclusivo de familias, banqueros y corporaciones, mientras el resto padece sus decisiones y arbitrariedades. Porque lo que se llama democracia no ha sido sino una orgía de la corruptela y de la podredumbre.

Y a propósito de lo anterior, el fallo de la Corte se puede interpretar, también, como una condena a los métodos oscuros utilizados por los promotores del referendo, que, además, hicieron gala de descaro e ilegalidad. Todavía está viva la imagen de la convocatoria a extras del Congreso y la celada tendida por los uribistas en la madrugada del 17 de diciembre de 2008. De nada les sirvió el transfuguismo ni el ignorar la certificación del registrador.

Tampoco la violación de los topes. Ahora, ¿qué pasará con esos promotores tramposos? La hecatombe (para usar un término tan caro al Presidente) es ahora la del uribismo. Su movimiento inestable, sin programas ni política, solo dependiendo de los caprichos de su jefe, está al borde de una reyerta entre sus conmilitones. Después de conocido el fallo, se notaron las fisuras. Incluso hubo señalamientos, como los de Armando Benedetti, que la emprendió contra algunos promotores del referendo y el ministro del Interior, a los que catalogó como estúpidos.

Uno de los más desprestigiados oficiantes del uribismo, el ex ministro de Agricultura Andrés Arias, el “genio” de Agro Ingreso Seguro y de Carimagua, es uno de los más afectados por el fallo. Lo más probable es que pierda en la consulta conservadora con Noemí Sanín. Y dentro de la cauda de guillotinados por el fracaso del referendo, están desde José Obdulio hasta algunos medios de comunicación que cambiaron el periodismo por la propaganda y el servilismo.

Ojalá el país comience a andar por los caminos de una auténtica democracia, en la cual el progreso sea colectivo y la repartición de la riqueza, equitativa. Esto sin olvidar que los que han luchado por esas reivindicaciones, y otras en beneficio popular, o los han expulsado del país o los han exterminado a balazos.

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