Por: Tulio Elí Chinchilla

La música colombiana en sus espacios

POCO SENTIDO Y UTILIDAD TIENE quejarse del “olvido” o escasa valoración a que ha sido relegada la música tradicional colombiana (de raíz folclórica, pero sometida a posterior elaboración melódica y armónica).

El hecho de que tales formas de expresión cultural estén ausentes de los medios masivos de comunicación, no significa su pérdida de vigencia social. Cada forma musical tiene sus ámbitos propios, en los que reina y produce deleite a ciertas sensibilidades y de los que es difícil desterrarla.

Una prueba de ello es que seguimos disfrutando con intensidad —apreciando y cantando— nuestra música tradicional en muchísimas reuniones familiares y de amigos. ¿Acaso no está presente en jolgorios íntimos, en tertulias de bohemia y, en general, en los pequeños ámbitos de afecto social (“asados”, “tenidas”, “parrandos”, etc.)? Que otras músicas resuenen en discotecas y generen euforias masivas (y millonarias ganancias), no le quita a nuestras tradiciones sonoras su papel de acompañante irreemplazable en el ámbito hogareño, cuando compartimos nostalgias y alegrías y el dulce anís se fuga de los vasos.

De esta manera, en las “parrandas” —espacios afectivos íntimos en la antigua Provincia de Valledupar y Padilla— el vallenato folclórico mantiene su vigor gozoso y creativo. Mientras tanto, las baladas de pésimo gusto con ritmo de paseo pululan torturantes en el dial.   

De otro lado, en los festivales la música andina exhibe el más alto refinamiento: armonías jazzísticas, disonancias rebuscadas y virtuosismo de intérpretes. Es la otra forma de dar realce y aportar alguna modalidad de vigencia a nuestra música, por lo cual merece un apoyo oficial más decidido, aunque el impacto social de estas exquisiteces sea escaso y a veces traduzca exclusión elitista (manjar reservado a músicos cultos). En estos escenarios, el bambuco —aire sabroso, originariamente bailable y de raíz negra— se “viste de frac”. Lástima que ciertos vestidos sofisticados parecen más bien disfraces.          

El verdadero drama de nuestra música interiorana radica en el agotamiento de compositores activos. Una manifestación musical estará viva mientras haya creadores que la actualicen. Pero letristas como Luis Carlos González son especie en extinción; creadores geniales de melodías, como José Macías o Enrique Figueroa, ya no abundan. De allí el valor que encarnan los compositores que hoy, sin hacer concesiones degradantes a la vulgaridad, persisten en equilibrar continuidad y cambio: Gustavo A. Rengifo, John Jairo Claro, Torres de la Pava, Carlos Velásquez y otros que, sin incentivos mundanos, regalan tonadas al goce espiritual. Algunos —caso de Jorge Velosa— logran la fortuna de acariciar el alma de públicos más amplios.

Tal vez ese diverso mundo de aires sonoros que llamamos música colombiana —incluidos el chotís, el danzón, la cumbia palenquera, la caña, etc.— perviva. Pero no por arte de los subsidios estatales (que quizá no vendrán), ni por imposición legal de cuotas mínimas en las radioemisoras. Tal vez a través de las fiestas hogareñas con sus duetos y tríos (incluidos los “merenderos”) y a las que concurren varias generaciones, la estética sonora tradicional irá dejando huella en la memoria emotiva de quienes todavía son jóvenes. A lo mejor es éste un excelente medio de trasmisión generacional de goces estéticos. 

 

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