Por: Tulio Elí Chinchilla

La música de la Independencia

EL BICENTENARIO NO SÓLO INVITA A reconstruir grandes hechos políticos y magnificar a sus protagonistas, sino también a revivir un entorno cultural, una sensibilidad estética de aquellos héroes y del pueblo raso.

¿Qué músicas acompañaron los memorables acontecimientos? ¿Qué melodías se escucharon en convites, amigues y jolgorios populares durante la revolución de Independencia?

Hace unas décadas el Patronato Colombiano de Artes y Ciencias se dio a la tarea de rescatar del olvido la música de la Campaña Libertadora. Dejó un valioso trabajo fonográfico que incluye contradanzas, bambucos y marchas de gran significación en aquellos momentos históricos. Por ejemplo, la contradanza La Vencedora, interpretada a las cuatro de la tarde del 7 de agosto de 1819 en el Puente de Boyacá cuando era indiscutible la victoria del ejército rebelde; la contradanza La Libertadora, pieza con la que Bogotá y otras ciudades celebraron la entrada triunfal de los héroes criollos; y la contradanza La Trinitaria, composición anónima que Bolívar llevaba siempre en su equipaje para ser interpretada y bailada en los festejos en su honor.

Como rasgo llamativo de estas melodías se destaca su carácter alegre y esencialmente bailable, una sensualidad que las aleja de todo toque marcial o de solemnidad de himno. Investigadores, como Adolfo González Henríquez, afirman que ellas son el antecedente de la música costeña, especialmente del porro. Y en realidad, quien se detenga a escucharlas reconocerá inmediatamente en sus ritmos y recursos sonoros el embrión de la posterior riqueza musical colombiana (desde el pasillo, el chotis y el porro, hasta la danza y el paseo). Así, por simple intuición, advertirá el asombroso parecido rítmico, melódico y armónico entre La Vencedora y el popular paseo El Huerfanito, de Guillermo Buitrago. La historia, sufrida y gozada, deja huellas culturales que el alma sensible de los pueblos transforma a su manera. Cuentan que, con su gran sentido musical, los chocoanos hicieron de nuestro Himno Nacional (al que bautizaron “el inmarcesible”) una pieza bailable cuando lo escucharon por primera vez en los años cuarenta.

De aquellas lejanas épocas sólo conservamos intacto y todavía vivo el bambuco pastuso La Guaneña, que entonaron los soldados del Batallón Voltígeros al momento de entrar a la batalla de Ayacucho en 1824. Pero, en cambio, poco sabemos de la obra de músicos importantes de la primera Independencia: José María Cancino, quien acompañó a Antonio Nariño en sus campañas belicosas, y Juan Antonio Velasco, compositor de tonadas patrióticas durante la Época del Terror.

La sonada efeméride debería ser oportunidad para descubrir facetas más humanas de nuestros próceres, las que suavizan su estirpe guerrera y hacen perdonables sus errores. Cabe resaltar el empeño de Santander —excelente rasgueador de la guitarra y refinado conocedor de la ópera— para lograr que el tiple, instrumento preferido del pueblo, fuera ejecutado también en los refinados salones neogranadinos. Sueño que sólo póstumamente vería realizado después de 1847.

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