Por: Javier Ortiz

La música de los huesos

Dicen que los huesos dentro de un costal producen un sonido particular. Un sonido de cosa ahuecada, desolada y quebradiza, como si sacudieras trozos de bambú seco en un recipiente cerrado. No lo sé con certeza, nunca he escuchado el sonido que hace un costal de huesos. Pero sí vi, a las cinco de la tarde, a la hora de las chicharras y los silencios ruidosos que se meten como un zumbido en el oído y te llenan la cabeza, a una mujer frágil, diminuta, con una blusa roja raída y una falda verde desteñida, atravesar la cancha de fútbol de un pequeño pueblo a orillas de la troncal del Caribe, en el departamento del Magdalena, cargando un costal de huesos.

En el talego iban los restos de su marido. La mujer hizo una diagonal que nos pareció eterna a los pocos que la vimos aquella tarde a finales del año 1991, para enterrarlos en el cementerio que quedaba al costado derecho de la arquería sur. Detrás iba uno de sus hijos –tendría para entonces unos diez años–, que caminaba distraído, a veces espantando las gallinas que picoteaban en el campo de fútbol, como si no tuviera la más mínima idea de la magnitud del acontecimiento del que era testigo. Tampoco había mucha trascendencia en el gesto de su madre. Andaba con pasos cortos y la tristeza resignada en el rostro que caracteriza a los que se han acostumbrado a perder en la vida. Quizá los jóvenes que la vimos desde la distancia, mientras pensábamos en el partido del domingo, tampoco dimensionamos lo que estábamos observando. Para nosotros, la muerte de su esposo era sólo un rumor en una región donde la muerte solía llegar con puntualidad.

A su marido lo mataron tiempo atrás quienes habían sido sus compañeros de guerra. Dejaron el cuerpo tirado en algún paraje de la Sierra Nevada de Santa Marta, y seguramente había sido por un tiempo el banquete de los animales carroñeros. La mujer lo buscó como una penitente por un largo tiempo, hasta que en un arrebato de generosidad, uno de sus verdugos –anteriormente amigo de la casa–, le dijo el lugar donde lo habían matado. Allí encontró lo que quedaba de él y lo metió en un costal. Tuvo los restos unos días en algún rincón de la vivienda, tal vez revueltos entre el maíz y los plátanos, y esa tarde, con la misma disposición de quien sale a la tienda por arroz o fósforos, convidó a uno de sus hijos que venía de chapotear en el río para que la acompañara a enterrarlos al cementerio.

No hubo féretro ni corona de flores ni dolientes ni romería de gente ni vecinos presentando condolencias ni plañideras de pueblo. Nadie se alquiló para llorar. Sólo era ella y su tristeza de mujer caminado sola a las cinco de la tarde por la cancha de fútbol de un pueblo con los restos de su marido en un costal, un hijo distraído que avanzaba detrás, y los pocos que la vimos a la hora en que soñábamos con el partido del domingo.

La distancia no me permitió saber –quizá nunca lo sepa– qué sonidos salían de los restos humanos dentro de un costal. A algunos la guerra no nos ha calado en los huesos. Ella, en cambio, vivirá el resto de su vida escuchando resignada la música que producían los huesos de su marido aquella tarde triste en ese pequeño pueblo ubicado entre el mar y la sierra.

 

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