Por: Javier Ortiz

La música se hizo palabra

La tarde en que regresó a casa avergonzado a consultar el diccionario porque un extraño en el circo se atrevió a corregirlo cuando confundió un dromedario con un camello, el coronel Nicolás Márquez le mintió a su nieto. En realidad, en aquel mamotreto que lo sabía todo y nunca se equivocaba, no estaban todas las palabras. Faltaba una: Vallenato. Así, con V, no con B, porque aunque conocía de mares y errancia, esta expresión no tenía nada que ver con la cría del mayor de los cetáceos. La paradoja es que muchos años después nadie contribuiría más para que ese vocablo estuviera en el diccionario de la Real Academia Española que aquel nieto insomne.

Gabriel García Márquez es el principal responsable de que el afamado diccionario estrene este diciembre la palabra Vallenato, para designar a una expresión musical nacida en el Caribe colombiano. La cosa comenzó temprano, quizá con aquella nota del 22 de mayo de 1948 en El Universal de Cartagena, en la que comparó el acordeón con un animal triste, un fuelle nostálgico cuyas notas arrugaban el sentimiento. Luego vendrían las correrías por el Magdalena Grande con el compositor Rafael Escalona; un maravilloso texto en El Heraldo en el que explicó la manera como el vallenato había ayudado a sobrellevar el duelo producto de la violencia partidista en La Paz, un pueblo cerca a Valledupar; el retrato de Francisco el Hombre en Cien años de soledad, como un viejo trotamundos que cantaba los acontecimientos de la región acompañado de un viejo acordeón que le regaló sir Walter Raleigh; el epígrafe de El amor en los tiempos del cólera tomado de una hermosa canción de Leandro Díaz; y su apoyo al Festival de la Leyenda Vallenata. Lo demás, también lo sabemos, lo hicieron las alianzas de la élites regionales con las del centro del país, y las parrandas en las casas y los callejones del centro histórico de Valledupar en los tiempos en que se repartían a dedo gobernaciones y alcaldías.

Los diccionarios son el pulso de la evolución social y conceptual de una época, y por eso su invaluable condición de fuente histórica. Lo que hizo la Enciclopedia, el proyecto ilustrado francés del siglo XVIII, fue explicarle al mundo en orden alfabético los conceptos que en ese momento estaban desordenando políticamente a Europa. Y María Moliner, cuando empezó a escribir ese diccionario sorprendente con la misma devoción con que remendaba calcetines, advirtió que quería atrapar todas las palabras, “sobre todo las que encuentro en los periódicos porque allí viene el idioma vivo, el que se está usando, las palabras que tienen que inventarse al momento.” La Academia en realidad es una institución conservadora y poco ágil para agarrar palabras al vuelo. Su diccionario es para muchos una especie de necrópolis de las palabras, un panóptico que las encarcela cuando ya han perdido la magia y la gracia que les otorga su uso cotidiano.

La palabra Vallenato aparecerá oficialmente en el diccionario no en la efervescencia de la parranda sino en tiempos de resaca. Hace dos años la música vallenata tradicional fue reconocida como patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco, pero incluida dentro de la lista de manifestaciones culturales que necesitan de proceso de salvaguardia urgente. Quizá este nuevo reconocimiento deba tomarse como un aliciente para quienes, como Gabo, defendieron su espíritu memorioso y trashumante.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Javier Ortiz

Cuatro días

Desplazados, otra vez

Matazón infame

Alternativas

Las ballenas pueden esperar