Por: Tatiana Acevedo Guerrero

La nación perjudicial

Pasé la primaria en un colegio construido en una antigua finca. Por eso tenía pastos, malezas, avispas, cayenas, árboles de mango, charcos que durante lluvias formaban quebradas. Una noche quedó prendida la luz del salón y por la mañana no se pudo dictar la lección de siete por la cantidad de polillas y mariposas reunidas. Entre tanta naturaleza era difícil pensar en contaminación. Sin embargo, al levantar un poquito las láminas que tapizaban el techo del salón de clases asomaban unos copos como de algodón. Eran fibras de asbesto.

El asbesto, que se extrae de yacimientos mineros, fue usado mundialmente en construcción debido a su bajo costo y sus propiedades (en fibra o mezclado con las tejas) como aislante del calor, de las llamas, del sonido y de la electricidad. Tras haberse comprobado la relación entre la exposición al asbesto y distintos tipos de cáncer y enfermedades respiratorias, este fue abolido en muchos países. Pero no en Colombia en donde muchos en el sector industrial lo producen y lo defienden. Pese a la campaña liderada por Ana Niño e Isabelia Buitrago, quienes cayeron enfermas por su continuo contacto con el material (una por vivir cerca de una fábrica de tejas Eternit y otra por trabajar en el sector de construcción) los siete proyectos para prohibir su uso se han hundido en el Congreso.

Con las fibras de asbesto se buscó blindar a los hogares de la naturaleza y, en cierta medida, domarla o hacerla vivible. El material mismo acabó por permear y dañar a las personas. Un proceso similar ocurrió con los pesticidas, promocionados y diseminados para cuidar cultivos y maximizar la producción agrícola. Plaguicidas de venta libre, como el endosulfán, que usado en la erradicación de la broca del café, ocasionó mutaciones genéticas en las comunidades y sus animales. En la carrera por controlar lo que nace de la tierra, el gobierno de Estados Unidos en asocio con presidentes, desde Samper hasta Santos (pero principalmente Uribe), exigió que se fumigara glifosato en el Catatumbo y el sur. Además de coca y otras matas, el pesticida contaminó cuerpos de agua, de animales y de personas. Y pese a ser clasificado como cancerígeno probable por la OMS, aún es recomendado por el embajador estadounidense Whitaker, quien lo califica como “seguro y eficaz”.

En la búsqueda de mayor rapidez y beneficios industriales se contaminaron también los lugares de minería. De tanto en tanto la Corporación Autónoma de Santander multó a Ecopetrol por la contaminación del aire de Barrancabermeja con gases y residuos de la refinería. Y hoy en día se discute la contaminación de las aguas (y sus peces) en el Meta, por cuenta de Ecopetrol o Bioenergy. En el sur de Córdoba la mina de Níquel de Cerro Matoso (hoy la australiana South 32) le ha heredado padecimientos y pérdidas de embarazos al pueblo zenú. Luego de cuatro décadas de explotación de esta mina se dilata, estudio tras estudio, una decisión al respecto por parte de la Corte Constitucional.

Otra es la historia de costas, como la de Cartagena, que reciben residuos industriales y de la refinería. La contaminación que viene de décadas atrás se despertó con el proyecto de dragado y ampliación de la bahía que removió los sedimentos. Aumentaron así los niveles de mercurio, zinc y cobre que pueden enfermar a las comunidades de Bocachica, Caño del Oro y Tierrabomba.

Asbesto para construir; pesticidas para controlar las malas hierbas; petróleo como combustible; níquel para liar acero, dragados para que lleguen los buques de gran calado. Todos estos productos y obras legaron desechos y residuos tóxicos. Las enfermedades que aquejan a ciertas comunidades son el correlato de nuestro particular progreso nacional.

 

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