La neo Guerra Fría que quema

Noticias destacadas de Opinión

La gran paradoja de la Revolución cubana —con más de 60 años de añejamiento— es que ha sido trompo de poner para los diferentes matices de la derecha internacional: al tiempo que consideran a Cuba un país destruido, arruinado, carcomido por la ineficiencia y la crueldad represiva del “comunismo”, con una nomenclatura enriquecida pero autista y autárquica, también la ponen a la cabeza de cuanta insurrección, motín, huelga, paro ha habido en América Latina. Mejor dicho: una impresionante potencia mundial, hegemónica, con más recursos que Estados Unidos y la Unión Europea juntos, con la casi mágica capacidad de movilizar a millones de “peones de los Castro”, por todo el continente americano.

Incluso ese decrépito brazo del “socialismo terrorista” ha llegado a España. Y bajo semejante mirada paranoica, podría extenderse de nuevo por toda Europa hasta encontrarse con sus dos viejos camaradas: Rusia y China.

Es una especie de neo Guerra Fría, en la que cualquier propuesta que no sea conservadora, no le rinda culto a la versión más cerril del capitalismo, no ataque sin contemplación cualquier beneficio social y no defienda como derecho sagrado el individualismo más extremo, es decir, cualquier alternativa que se salga de esa camisa de fuerza, es considerada “populista”, “comunista”, “socialista”.

El sur de la Florida se convirtió en el epicentro de esa nueva versión de muro de Berlín, invisible pero efectivo, que no sólo se ha extendido por toda América Latina, sino que se ha anidado en el debate político estadounidense. Su versión más delirante es además un neomacartismo autoritario que les niega vocería política a millones de electores, la mayoría de ellos afroamericanos y latinos.

¿Estamos condenados a seguir esparciendo las cenizas de una guerra que supuestamente quedó sepultada en el desplome del bloque socialista y su máxima potencia, la Unión Soviética? En Miami, no descansan, no toman un minuto, un segundo de respiro. Todavía existen esas reliquias espectrales del odio a la hoz y el martillo, las sacan a la calle cada vez que pueden, y durante la era Trump las convirtieron en altar de desinformación y, hasta cierto punto, de mala fe.

La fórmula sigue siendo la misma: el que se parece a mi enemigo, es por supuesto mi enemigo. El exilio cubano tiene matices, no todo habla y piensa como esa caricatura mezcla de, digamos, Marco Rubio y una cosa que se llama la Vigilia Mambí, un grupito delirante que vive estancado, disecado, en 1961.

Hay exiliados que creen en la democracia, que de manera genuina se oponen a la que denominan “la dictadura de los Castro”, y defienden sin miramientos los valores de diversidad, igualdad y oportunidades para todos, sin tener en cuenta el color de la piel, el estatus migratorio o la billetera. En ese paquete hay de todo: demócratas, republicanos, independientes, socialdemócratas, liberales e incluso algunos muy contados conservadores.

Pero hay los que utilizan el doble lenguaje, la doble moral que los convierte, al final, en farsantes. Dicen luchar por la democracia en Cuba, pero no les tiembla el pulso ni la conciencia para apoyar a una figura como Trump, que acaba de pasar a la historia no sólo como el peor presidente de Estados Unidos, sino como el que intentó alterar, desde el corazón mismo de las instituciones, los legítimos resultados de una elección. Es decir, un golpista, un aspirante a dictador que, por su incompetencia e ignorancia supina, no pudo coronar la misión de usurpar el poder con el apoyo de un partido venal.

La neo Guerra Fría se ha vuelto una mentalidad. No se restringe a un grupo de exiliados cubanos, sino que se ha extendido a diversas nacionalidades, entre ellas la colombiana. De ahí el inútil esfuerzo del uribismo trumpista de declarar, durante la elección presidencial gringa, que Biden era sinónimo de castrochavismo y su triunfo le abriría las puertas de la patria del Tío Sam al socialismo de corte cubano.

Lo claro es que el gobierno de Trump le dejó a su sucesor un campo minado en política nacional e internacional. El reingreso de Cuba a la lista de países patrocinadores del terrorismo es una de esas papas calientes prefabricadas que buscan crearle problemas políticos a la nueva administración.

Por eso en política internacional Biden no ha hecho grandes anuncios relacionados con América Latina. Con Colombia, es claro que habrá un apoyo decidido al proceso de paz, a la JEP y por lo tanto un cambio de política con respecto al narcotráfico. Con Venezuela y Cuba, lo único que ha dicho la nueva administración es que tendrá que haber una respuesta regional. En el caso del primer país las sanciones siguen, al igual que el apoyo al desdibujado Juan Guaidó y el rechazo a la nueva Asamblea Nacional de mayorías chavistas. Con respecto a la isla, sigue sobre la mesa el tema del respeto de los derechos humanos y la persecución a la disidencia, que por estos días se ha agudizado, lo que permite concluir que el discurso del caudillo naranja sobre “los Castro” no fue sino eso: palabras al viento. No cambió nada. De paso la política de bravuconadas y amenazas contra el gobierno de Maduro fue un estruendoso fracaso para el senador republicano Marco Rubio y el representante del mismo partido Mario Diaz-Balart.

Mientras tanto, en Colombia esa neo Guerra Fría tiene sus matices y paradojas. Por una parte, el bloque de los verdes, Humberto de la Calle, Juan Manuel Galán, Enrique Robledo y Sergio Fajardo, “alejados de los extremos”, parece perfilarse como la alianza que busca arrancarle a Gustavo Petro el voto considerado “moderado”. O sea: aislar al coco de la Colombia Humana. El hombre es un riesgo.

Por otro lado, están los duros, los de la bala y el incendio: los que ven el peligroso avance del “socialismo”, la amenaza inminente del castrochavismo, la posible disminución de su poder en las regiones por la ampliación de esa ola “mamerta”, como la califican de manera despectiva.

Al final, lo que queda en el medio es el desafío de implementar a fondo el Acuerdo de paz. Lo paradójico es que, en suma, los “centristas” y el uribismo terminan en lo mismo: sacando del juego, ya sea a punta de maniobras retóricas o de plomo limpio, a esa parte del país que consideran “extremista”.

La neo Guerra Fría recorre América Latina, sacude al “imperio” y está que arde.

Comparte en redes: