Por: Fernando Araújo Vélez

La noche de los lápices

En la placa que incrustaron quién sabe quiénes a la entrada del número 26 de la calle Humberto I en San Telmo, una placa de letras oxidadas, carcomidas casi, que todos los transeúntes evitaban pisar por respeto y dignidad, alguien escribió algo así como “de esta casa salió una tarde de noviembre de 1977 Rosa María Lizcano para no volver jamás”.

Dos cuadras más hacia el río había otra placa similar. Y más adelante, otra. Y en la entrada principal del Colegio Nacional de Buenos Aires, una más decía “Aquí, los lápices siguen escribiendo”. La frase hacía alusión a la noche del 16 de septiembre de 1976, La noche de los lápices, una noche fría, triste, en la que ocho estudiantes de secundaria fueron secuestrados por los grupos de la Triple AAA (Alianza Argentina Anticomunista), y luego torturados, y por último, desaparecidos. La historia fue recreada luego para el cine con ese mismo título. La música, las canciones, eran de Charlie García y Nito Mestre, Sui Géneris: “Detrás de las paredes que ayer te han levantado, te pido que respires todavía, y rasguña las piedras, y rasguña las piedras”.

La dictadura de Videla y Cía. jamás tocó aquella canción. La dejó pasar, tal vez porque no la entendió. A fin de cuentas, los censores nunca supieron de metáforas. Para ellos, eran unas especies de figuras semánticas enredadas que habían tenido que estudiar en el colegio, pero nada más. Por eso también dejaron pasar Los Dinosaurios, y la gente en sus casas, a escondidas, oía y cantaba que los dinosaurios iban a desaparecer y celebraba porque sabía que aquellos seres eran los militares. Todos lo sabían, menos ellos mismos, que seguro hasta cantaban su propia extinción. “Qué ocurrentes estos hippies rockeros, ¿no?”, habrán dicho, medio sonrientes y dicharacheros, apoyados sobre la infinita y negra y nauseabunda lista de los desaparecidos que ellos metieron en inmensas bolsas negras y arrojaron desde sus aviones sobre el Río de la Plata, sobre el mar, sobre la nada.

 

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