Por: Columnista invitado

La noche del diluvio

Por: Alberto López de Mesa

El primero de noviembre de 2017 será inolvidable para Graciela, porque al empezar lo noche, del cielo cayeron toneladas de hielo sobre su casa.

Ella y Jorge, desde hace dos años, armaron su cambuche en el potrero que hay al lado de la carrilera, recostado contra la culata de una antigua bodega de Bavaria.

Iban a ser las seis de la tarde, ella preparaba un café para recibir a su marido con algo caliente cuando escuchó los ladridos desesperados de Chandy, su perra. Se asomó a ver qué pasaba y no entendió el nerviosismo del animal –los humanos casi nunca comprendemos los avisos que nos hacen las criaturas naturales-. Le acarició la cabeza y, sin percatarse de los nubarrones negros que cundían en el cielo, volvió a su quehacer. La perra entró y se echó junto al fogón de leña cuando empezaron a caer las primeras gototas del aguacero.

Graciela y Chandy se miraron a los ojos, ahí si compartieron los nervios, el ruido de las gotas sobre el techo maltrecho de madera y latón era insoportable, sonaba como una lluvia de piedras. Ella corrió el plástico que le servía de puerta y observó espantada la granizada. Su instinto de conservación mas los avisos de Chandy la impelieron a escapar del peligro. Perra y mujer escaparon chapoteando entre el potrero anegado y soportando las ráfagas de hielo. Desde lejos observaron cómo el cambuche colapsaba bajo la montaña de granizo.

Gigantescas nubes de hielo se desmoronaron furiosas sobre la ciudad: Todo el tráfico de vehículos en la avenida Carrera 30, atascado por los guijarros de hilo. Los motociclistas preferían abandonar su vehículo para no perecer bajo la tormenta. Las gentes corrían buscando aleros para guarecerse del diluvio imprevisto. Graciela y su perra llegaron emparamadas hasta el puente de la 19, bajo el cual se protegían cientos de personas y también se congregaron policías y bomberos del sector, que al final no atinaron ningún procedimiento coherente, más que salvar su propia integridad.

Quedó evidenciado que el urbanismo de Bogotá es ajeno a su naturaleza, nada está concebido para su naturaleza de sabana lluviosa, menos para las contingencias vengativas que manifieste el cambio climático.

Cuando cesó el diluvió la ciudad vestida de blanco, se veía hermosa, no obstante los techos derruidos y los carros momificados entre el hielo, el granizo cubriéndolo todo parecía como una sonrisa irónica de los cielos sobra la ciudad desnaturalizada.

Entre tanto, Graciela y su perra Chandy se arruncharon en el rincón más seco bajo el puente, resignadas a su ignominia.

Qué será de Jorge – pensó la mujer y se quedó dormida.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado