Por: Miguel Ángel Bastenier

La nueva vía electoral boliviana

LAS ELECCIONES A GOBERNADORES y municipios del domingo pasado en Bolivia son importantes porque pueden estar diciéndonos que hay dos países en vez de uno.

Es cierto que eso ya lo sabíamos, porque una cosa es el altiplano, con su gran preponderancia indígena, y otra la región de la llamada Media Luna (Santa Cruz, Beni, Pano y Tarija), donde los indígenas no son los mismos que han aupado al poder a Evo Morales, y la población de origen europeo es más numerosa. Pero electoralmente el presidente había logrado borrar en gran parte esas diferencias y salvo en Beni, había ganado en todo el país. En esta ocasión, sin embargo, el retroceso del oficialismo (MAS, Movimiento al Socialismo) ha sido patente y la gran esperanza de la oposición, fragmentada en media docena de formaciones a las que sólo une su aversión al líder nacional, es que lo regional y local, que en Bolivia llaman con gran desparpajo “subnacional”, pueda “contagiar” a las elecciones presidenciales y legislativas. El MAS controlaba ocho de las nueve regiones de Bolivia y con estos resultados parece difícil que llegue a seis, y si pierde en Beni, serían cinco. Y la oposición ha conseguido o retenido las alcaldías de al menos seis de las 10 ciudades más importantes, entre ellas La Paz, El Alto, Santa Cruz y Cochabamba. Aunque todo ello no obsta para que el partido más votado sea el de Evo y que esa capacidad de trasvase o “contaminación” entre vías electorales esté por demostrar.

El jefe del Estado teme que eso ocurra, como prueba el tipo de campaña que ha hecho. Se empeñó en ella como si le fuera la Presidencia y pidió insistentemente al votante que no pensara en los elegibles locales, sino en su propia persona. Pretendía, por lo tanto, “nacionalizar” esas subnacionales, de forma que si Bolivia para su líder es como un edificio, lo puramente nacional estaría en el ático, y hasta ahí pretendía alzar el presidente el ánimo de los electores. El lenguaje del cuerpo no deja lugar a dudas sobre cuáles son los sentimientos poselectorales de Evo Morales. Para empezar, no dio, tras los comicios, la conferencia de prensa que parecía de rigor, dejando a su vicepresidente, el antropológicamente “hispánico” García Linera, que diera la cara, y con bastante ídem, decir que el MAS seguía triunfando. Y en segundo término, cuando habló lo hizo para culpar a los electores de no haber sabido votar, aunque reconoció que la corrupción y la escasa entidad de sus candidatos, además del machismo, porque en La Paz la derrotada fue una candidata, habían sido los grandes causantes del retroceso oficialista. Recuerdo que algo parecido cupo achacar al propietario de un diario latinoamericano, que apareció con grandes expectativas y el día, a los tres meses de estar en la calle, en que se anunciaba que aquel era el último ejemplar, acusaba en la última página a los lectores de no haber sabido comprender lo que tenía entre manos. Si alguien se ha equivocado, implica asimismo Evo Morales, es el elector.

Unas elecciones regionales y locales son de difícil extrapolación a lo nacional, porque cuenta mucho la personalidad de los candidatos, su proximidad al ciudadano, el trabajo que haya hecho el partido y equipo saliente desde las alcaldías o las gobernaciones para que sea o no reelegido. Pero justamente ahí, en el éxito general de la presidencia de Evo Morales, puede hallarse la semilla de sus eventuales dificultades. El líder indígena —o de los indígenas— ha “nacionalizado” el país, lo ha convertido en una casi única circunscripción electoral, inflamando su imaginación con la recuperación de las riquezas del subsuelo y con la sustancial mejora, aunque básicamente de carácter asistencialista, del nivel de vida de los poco o nada favorecidos. Y es razonable especular con que, cuando las cosas ya no pueden ir igual de bien, como atestigua la caída en picado de la cotización de los combustibles, sea verosímil el “contagio” entre niveles electorales, de forma que lo que se critica en la cercanía pueda convertirse en repulsa panorámica.

El corolario de todo ello es que, como consecuencia de la relativa derrota de uno y la relativa victoria de los otros, Evo Morales tendrá que recuperar bastante terreno para plantearse seriamente la prolongación por otro período más de su mandato, sin exponerse a que el boliviano medio haya, entre tanto, pasado página. Una figura de la oposición dijo en la campaña que esas elecciones “subnacionales serían oxígeno democrático” para el país. Y así posiblemente ha sido. El deje autoritario con que el presidente acomete habitualmente sus tareas parece hoy más difícil de legitimar. Su invencibilidad electoral se encuentra en entredicho.

 

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