Sombrero de mago

¿La nueva esclavitud?

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Puede ser que, por artes de la pandemia mundial, el poder ya no requiera a fondo de bayonetas y fusilería, que no desdeña, sino que use tretas más sutiles, pero igual de horripilantes: implementar dispositivos para que los sometidos amen la sumisión. O adoren la esclavitud, como lo plantea Aldous Huxley en Un mundo feliz. Puede ser menos sangriento. Más higiénico. Parece más efectivo el empleo de la sugestión, de mecanismos que operan en el inconsciente y trabajan con sutileza, para que admitamos sin resistencias la dominación.

Tal vez desde las altas esferas nos han ido moldeando. Una de las tácticas que bajan las defensas, o por lo menos sirven para obnubilar, son las del miedo. Cultivarlo a través de noticiarios, redes sociales, bodeguitas mercenarias, periódicos, programas de TV donde el mandamás, con impostada cara de tontarrón, serpentea y espera el momento cumbre para imponer una medida. Y el discurso se adorna con palabras que acuñan una presunta defensa de la salud colectiva.

Hoy existen nuevas formas de imposición, con más astucia. Una, que es esencial, es la dependencia que provoca el consumo. Nos han ido domesticando para desear lo que muchas veces no podemos tener. O, peor aún, lo que no necesitamos. Es la esclavitud del consumo de inutilidades, muchas de las cuales están exhibidas en centros comerciales, en almacenes de cadena, en vitrinas. Y quizá esa piquiña interior por comprar fue lo que, en un paisito de tantos despropósitos como Colombia, en plena alza de la pandemia, el gobierno haya autorizado el desboque de aquel fatídico día sin IVA.

Los nuevos ropajes de la felicidad, como bien lo plantea la mencionada novela de Huxley, consisten en hacer que “la gente ame su servidumbre”. Hoy, más que el soma novelesco, que una droga de ensueños, es la idiotez, esa que nos hace querer al verdugo, que nos concita amor por los grilletes, la que se reparte en redes sociales, en mensajes que desde arriba se envían con enmascaramientos del lenguaje.

Y la pandemia ha sido un plato feliz para los que detentan el poder, que hablan en nombre de la vida, de la salud, del mantenimiento del orden —¿el nuevo orden mundial?— en una sociedad desbarajustada, según ellos por la peste y no por las inequidades que ahondan los abismos económicos entre las clases sociales; no por las injusticias ni las depauperaciones masivas que ha causado, por ejemplo, un sistema económico como el neoliberalismo, sino porque nos invadió el virus.

Y el virus, mortífero y todo, propició al poder el ejercicio circense de la demagogia y del impulso (consciente o no) de jugarretas para desestimular la oposición, para distraer la rabia del desposeído y desvirtuar cualquier manifestación de resistencia o disconformidad. Parece, como dijo algún analista internacional, que la mayor de las pestes ha sido la de la mediocridad política, y en ese avatar caben desde el xenófobo y segregacionista Trump, hasta los monigotes de pacotilla como el presidente de Colombia.

El poder se ha aprovechado de la emergencia mundial, que ha tenido más desajustes y desventuras en países subdesarrollados como el nuestro. Y busca perpetuarse. Hace todo lo posible por evitar que haya movimientos de desobediencia y, más que pensar en la salud pública, se notan los autoritarismos, el desprecio hacia los sectores más desprotegidos, el aprovechamiento de los miedos colectivos para la imposición de medidas que tienden más a lo represivo que a una solución efectiva de las necesidades básicas de las mayorías.

Quizá esta pandemia haya acercado más el mundo a las imaginadas distopías, al endurecimiento contra las libertades públicas e individuales. Era, por ejemplo, hora de hacer una especie de repulsa general para los descuentos en el pago de impuestos, de tarifas de servicios públicos, de cobros por prediales y otras tasas cuando ni siquiera es posible ejercitar el derecho a la ciudad. Tal vez estemos a punto de avistar las nuevas extorsiones de las superpotencias contra países subyugados a través del manejo, compra y distribución de vacunas.

Las literaturas son una suerte de faro, y más en momentos oscuros como los que vivimos. Y no sobra escuchar de nuevo las palabras de Huxley en los años cincuenta: “en la próxima generación habrá un método farmacológico para hacer a las personas adorar su esclavitud y producir la ‘dictadura sin lágrimas’, por así decirlo”. Y todo parece señalar que la pandemia ha sido usada para tornar partes del mundo en novísimos campos de concentración.

Prosigamos con el novelista inglés: “Producir una clase de campo de concentración sin dolor para sociedades enteras. Las personas no tendrán libertad, pero disfrutarán bastante porque estarán distraídas de cualquier deseo de rebelarse por la propaganda, o el lavado de cerebro, o el lavado de cerebro reforzado por métodos farmacológicos. Y esto parece ser la revolución final”.

Cierro con las palabras de una optimista vecina: “La noche es promesa del amanecer”. Amanecerá y veremos.

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