Por: María Antonieta Solórzano

¿La obediencia enceguece?

De acuerdo con nuestras tradiciones culturales, nos parece lógico imaginar que un niño o niña desobedientes tendrán una vida difícil y, por el contrario, que aquellos que son obedientes gozarán de un futuro maravilloso. En consecuencia, padres y educadores hacen su mejor esfuerzo para que los niños traviesos se vuelvan manejables y logren ser ciudadanos respetuosos de las normas sociales que facilitan la convivencia.

En este orden de ideas, ocurrió el siguiente episodio: a un hombre que aspiraba a conseguir empleo, le preguntaron: “¿Qué sabe hacer usted?”. Sin vacilar, contestó: “Yo sé hacer caso”. Consiguió el trabajo, lo que no nos sorprende. Pero en realidad, nos asombra y asusta.

Porque aunque eduquemos para que la obediencia a la autoridad sea un valor fundamental y aceptemos que la autonomía o la independencia pueden ocurrir dentro de las reglas que la jerarquía imponga, no son pocos los horrores que la humanidad ha visto debido a esta curiosa manera de entender el orden y el gobierno.

Saber hacer lo se que ordena, el “siempre listos” de los scouts, puede ser útil en organizaciones o sociedades cuyas tareas no requieran resolver dilemas de vida o muerte, pero desde luego resulta extraño que un médico actúe acatando las políticas de una institución ignorando su propio criterio o aun el bienestar del paciente; o que un juez se limite a obedecer en vez de valorar las pruebas y reflexionar; o que un ciudadano común y corriente sólo pueda escoger la novia que la familia le indique.

Por ejemplo, personajes como Otto Adolf Eichman, quien se desempeñó en la vida como encargado de la logística de transportes del Holocausto y como ejecutor de asesinatos masivos, fue educado en la obediencia a la autoridad, era muy responsable y dado a cumplir diligentemente lo que se le ordenaba. Cuando fue llevado a juicio para responder por sus acciones, explicó que sus actos correspondían a que obedecía a sus superiores y que nada de lo que hizo tenía que ver con una decisión personal. ¿Pero hasta cuándo la obediencia puede va a llevar a un ser humano a traicionar sus propios valores y principios?

Adicionalmente, notamos que líderes como el ex presidente Alberto Fujimori o el general Pinochet, mientras son reconocidos como autoridades, consiguen la obediencia de multitudes, pero después, cuando ya no están investidos con esa autoridad, sus seguidores se dan cuenta de lo cuestionables e, incluso, aberrantes que son las actitudes y acciones que bajo sus “órdenes” se realizaron. Ello nos indica que al obedecer los dictados de la autoridad, la propia conciencia deja de funcionar y ocurre una abdicación de la responsabilidad. Al parecer la obediencia a la autoridad parece más un peligroso anestésico para la conciencia ética o moral de las personas, que un valor.

Si verdaderamente estamos interesados en construir una convivencia familiar y social respetuosa de los valores y de las personas, tendremos que aceptar que “obedecer” es un camino que aunque se cree que protege, puede ser peligroso; que es imperativo que quienes creen tener autoridad —padres, jefes o gobernantes— deben estar tan receptivos frente a la colaboración como a la critica, la oposición y la reflexión

 

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