Por: María Teresa Ronderos

La obsesión nacional

CUENTAN QUE POR ESTOS DÍAS LAS rumas de hojas de vida de recomendados sobre los escritorios del Ministerio del Interior son enormes. Cada montón tiene su apoderado.

Los mejores funcionarios no se pueden concentrar en las urgentísimas tareas que tienen por delante porque los corredores y las agendas de los jefes están atestadas de lagartos, que vigilan el destino de los currículos de sus apadrinados.

Este es apenas uno de los efectos perversos del desempleo. Si hubiera trabajo digno para la gran mayoría, el clientelismo se reduciría a su mínima expresión. Desde hace tiempo, por lo menos uno de cada diez colombianos en edad de trabajar está buscando empleo sin éxito, y cinco o seis de cada diez tienen un oficio inventado de vendedor ambulante, tapahuecos voluntario, cotero de mercado o cualquier otro de similar informalidad. Quiere decir esto que la mayoría de los colombianos adultos viven saltando matones, cuando no rogando por un puesto que los saque de la olla.

El gobierno de Santos está anunciando que la creación de empleo de buena calidad es —¡por fin!— la prioridad nacional. Hay que raparle la palabra. Que no se limite a dos pañitos de agua tibia: sacar su ley de primer empleo para jóvenes, y dar algunos otros incentivos. Que además ayude a los grandes empleadores del país que son las pymes a formalizar su empleo y tumbe la vergonzosa ley de flexibilización laboral que en lugar de crear más empleos, libró a los empresarios de responsabilidades, y dejó a millones con empleos inestables y mal pagos. Que revise la política económica para que esté impregnada por doquier con la idea del empleo digno.

El Gobierno también puede hacer campañas pro empleo decente; condecorar a los campeones de la innovación que abra nuevos puestos de trabajo; otorgar el sello de “Empleador de Calidad” a los empresarios que den buenos empleos y paguen bien, algo así como el diploma de “Caballeros de la Cebra” que se inventó Mockus para los buenos taxistas.

No es un asunto sólo del Gobierno. Los jueces pueden proteger con celo el empleo y a los empleados. Los empresarios pueden dejar la miopía cortoplacista y lanzarse a proyectos que sobre todo sean intensivos en trabajo. Los banqueros, cuyo margen de intermediación está entre los más altos del mundo, deben pensar en grande y bajar el crédito para incentivar la creación de nuevas empresas intensivas en empleo.

En Canadá, contó el sociólogo Bernardo Toro, cuando el desempleo se subió a niveles intolerables, como los actuales en Colombia, los obispos resolvieron que era inmoral que hubiera tantas personas sin trabajo y tomaron la decisión de dar ejemplo, remozando todas las iglesias. La gente se contagió de su actitud y el país salió de la recesión.

Desde la sociedad podemos idear una  condecoración a las entidades del Estado que practiquen la meritocracia, remuneren bien y exijan más a sus plantas de personal, y contraten menos por honorarios a asesores de dudosa calidad. Y en las redes sociales, podemos exaltar a los “Buscadores de Empleo Digno”, que quieran trabajar, pero no ser carne de cañón para explotadores; ni estén dispuestos a que sus hojas de vida se repartan en los ministerios como moneda del poder clientelar, cuota inicial de la corrupción.

Más allá de la obviedad de que más y mejor empleo saca a la gente de la pobreza, el buen empleo produce seres dignos, independientes, creativos. El trabajo de calidad incluye, da sentido de pertenencia, debilita a los malos políticos, profundiza la justicia, amplía los mercados y enriquece al país. ¿No deberíamos convertirla en la obsesión nacional?

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