Por: Armando Montenegro

La OCDE y las reformas

En los años pasados han sido escasas las iniciativas para buscar la modernización de la economía y las políticas públicas.

En muchas áreas el país parece resignado a convivir con problemas como el caos carcelario y el judicial, la informalidad laboral, la inseguridad en las ciudades, el desorden urbano, el atraso del campo y la pobreza de las regiones periféricas.

Una excepción notable ha sido el esfuerzo financiero, regulatorio e institucional del Gobierno para romper una tradición de parálisis e incompetencia en materia de la construcción de infraestructura, una iniciativa que en unos años podría eliminar uno de los cuellos de botella de la economía colombiana. También se observan los primeros pasos de una reforma educativa ambiciosa, que si se amplía y sostiene, podría lograr resultados al cabo de pocos lustros.

Varias de las reformas del pasado fueron impulsadas por misiones dirigidas por expertos internacionales como Kemmerer, Currie, Musgrave, Chennery, quienes trabajaron con profesionales del país y contribuyeron así a mejorar la capacidad local. Con el paso de los años y con la consolidación de la tecnocracia local, el peso de los asesores extranjeros ha disminuido.

El FMI y el Banco Mundial también tuvieron alguna influencia. En tres ocasiones —en los gobiernos de los presidentes Carlos Lleras, Belisario Betancur y Andrés Pastrana— el país siguió sus planes de ajuste para recobrar el acceso a los mercados financieros internacionales. La influencia del Banco Mundial también fue más o menos relevante en períodos de cierre a los mercados internacionales de capitales (el BID no ha tenido mayor influencia sobre las políticas locales).

Con la macroeconomía más o menos bien manejada, un mayor acceso a los mercados privados de capitales y los profesionales nativos más sofisticados, la injerencia del FMI y el Banco Mundial es ahora relativamente menor (hace algunas décadas las pomposas misiones de esas entidades eran portadoras de propuestas y complicadísimas condicionalidades; sus jefes, Robicheck o Bonangelino, salían en la prensa y visitaban a presidentes y expresidentes; nada parecido sucede hoy).

En los últimos años, sin el aporte de expertos internacionales, con las entidades multilaterales relativamente marginadas y las energías concentradas en las negociaciones de paz, sólo se han presentado propuestas de grupos académicos, misiones y think tanks locales cuyas iniciativas, infortunadamente, no han recibido mucha atención. Es una buena noticia que a las ideas de reforma se han sumado las propuestas de la OCDE, fruto de la decisión del Gobierno de buscar la vinculación de Colombia a esa organización.

Los documentos de la OCDE, disponibles en la red, contienen propuestas en una amplia gama de campos, entre ellos la reducción de la informalidad laboral, la reforma pensional, una política de regulación, ideas para una reforma tributaria estructural, el esquema arancelario y el manejo de las empresas estatales, entre tantas cosas.

Mientras el Gobierno se decide a impulsar algunos de estos temas a la agenda legislativa, dichos documentos deberían ser ampliamente debatidos en foros académicos, gremiales y sociales, de tal manera que se evalúe su pertinencia para solucionar tantos problemas que se acumulan y agravan, aparentemente sin perspectivas de cambio.

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