Por: Antieditorial

¿La OEA será por fin latinoamericana?

DESDE SU CREACIÓN EN 1948 POR INICIATIVA DE ESTADOS UNIDOS, en plena Guerra Fría, la OEA fue por mucho tiempo “el ministerio de colonias” de esta potencia.

De qué otra manera se podrían explicar sus invasiones (Guatemala, 1954; Cuba, 1961; Santo Domingo, 1965; Granada, 1983; Panamá, 1989) y la instauración y el apoyo a las despiadadas dictaduras del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay) contradiciendo absolutamente los principios de la organización.
 
Pero fue la guerra de las Malvinas (1982) —demostración clara de la nula importancia de la OEA, del TIAR también, para Estados Unidos, que apoyó a Gran Bretaña— la que marcó el inicio de un cambio en las relaciones interamericanas. Cambio que se fue acentuando en las dos últimas décadas, cuando América Latina ha ido recuperando autonomía con la llegada de regímenes progresistas en buena parte del continente.
 
Y la desacreditada OEA está empezando a mostrar una nueva cara, que no se puede atribuir a los ya desaparecidos petrodólares de Venezuela. En este nuevo contexto, ¿por qué pedir a la OEA que condene a Venezuela, que algunos quieren presentar como un Estado fallido? Con la ayuda profusa y reiterativa de ciertos medios de comunicación, estos autoproclamados adalides de la democracia propenden por la salida intempestiva e inconstitucional de Maduro, cuando la corrupción campea a sus anchas en la mayoría de los países y la represión contra la prensa, asimismo, es mayor y más mortífera allí.
 
María Corina Machado no es una inocente Juana de Arco criolla. Encabeza una franja de oposición, por demás no unida, que ha venido intentando en 2002, 2014 y 2015 tumbar al chavismo con medios y métodos ilegales. Es precisamente esto lo que la OEA debe dejar de avalar. Casos recientes como lo de Lugo en Paraguay o Zelaya en Honduras no se pueden repetir.
 
Afortunadamente, para la región se han construido otras organizaciones como la Celac y Unasur, que se van destetando del Tío Sam. Y es de esperar entonces que la OEA asuma un papel de tribuna democrática frente a Norteamérica, que, una vez más, al declarar sin rubor que Venezuela es una “amenaza para la seguridad de Estados Unidos”, con las consecuencias intervencionistas que tradicionalmente genera este tipo de declaración, demuestra que la doctrina Monroe no ha muerto... Pero los latinoamericanos ya no se pliegan a estos dictados. Como lo afirmó su nuevo secretario general, el uruguayo Luis Almagro, que fue canciller del gobierno de José Mujica, “el tiempo de una OEA discursiva, burocrática, alejada de las preocupaciones de los pueblos latinoamericanos, anclada en los paradigmas del siglo pasado, está dando paso definitivamente a una OEA del siglo XXI”.
 
 
Ana María Lara

 

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