Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

La opereta del exfiscal

¿Acaso hay que admirar al corrupto y sus prácticas malsanas y malvadas? Es como si el “patasarribismo” del mundo diera carta blanca para apoyar, digamos, la clientela política, como pasa en un paisito tan descuadernado como Colombia, donde ser deshonesto en los manejos estatales (también en los privados) da categoría y carácter. Otorga distinción. Suma para que llegués a los puestos más encumbrados del Estado. O para que te elijan personaje del año. Aquí, donde hubo un presidente que sin sonrojos decía que había que reducir la corrupción a sus justas proporciones, esta modalidad morbosa campea a placer.

Los métodos vejatorios de la corruptela parece que dan caché. Y son parte de la carrera (del arribismo) hacia cargos de más altura. Yo corrompo, tú corrompes, y todos, politiqueros de baja y alta estofa, ahí, tan sonrientes e impunes, se pasean por la galería de los que Dante situó en uno de sus círculos infernales. Conjugan la corrupción con categoría y sapiencia. Y el ejercicio que con creces desempeñó el cardenal Richelieu en la Francia del absolutismo lo ponen como norte de sus actos de desfalco, sobornos y coimas a granel.

Esta lacra de larga duración en la historia de la humanidad, y que, por ejemplo, en territorios como el de Colombia alcanza grados aterradores de descaro y desvergüenza, ha permeado los manejos estatales. Y llegado, como en el caso del exfiscal Néstor Humberto Martínez, a cimas (¿o simas?) de “desproporcionado” atropello y desparpajo, de burla a los intereses nacionales, de ejemplo negativo de lo que no debe ser.

El sujeto de marras, sin escrúpulos, alguien que es muy difícil “cogerlo en alguna verdad”, como se lo dijo el senador Robledo, esa especie de “Pepe Grillo” que en el Congreso y otros escenarios le estuvo siempre recordando sus inmoralidades, tropelías y desbarajustes al entonces fiscal, digo que el tipo que renunció a su cargo, en el que alcanzó a convertirse en el peor fiscal de la historia colombiana, quiso salir del puesto como un funcionario impoluto, inmaculado, un “mártir” de la democracia. Todo un farsante, de vulgar histrionismo.

Digamos que no extraña su renuncia, que se debe, en esencia, a la presión y protestas populares, a las manifestaciones con linternas y velas, a la imparable insistencia en calles y redes sociales de la ciudadanía contra un funcionario desnaturalizado, y no, como él mismo lo señaló con oportunismo y cálculo de zorra, porque haya tenido dolores de conciencia frente a la negativa de la JEP de extraditar al exguerrillero Santrich a los Estados Unidos. Ni porque haya habido un atentado contra el “Estado de derecho”. Son sabidas sus actuaciones torvas, precisamente en contravía del derecho y la legalidad.

Lo que no se entiende es cómo fue ternado para la dignidad de fiscal. Y cómo lo eligieron para ese cargo. Y cómo duró tanto tiempo en el ejercicio. Y por qué se sostuvo después de las documentadas denuncias en su contra acerca de sus intereses particulares con magnates como Sarmiento Angulo y sus compañías involucradas en contrataciones oscuras. Cómo hizo para estar caminando en la cuerda floja, incluso en la turbulencia de cianuros, suicidios y otros casos, cuando era obvia su complicidad en la corruptela de Odebrecht.

La imagen que deja el exfiscal, un funcionario que se involucró en la conjura de “volver trizas” los acuerdos de paz, es nefasta. Es aquella de la complicidad con lo irregular. Es como una especie de siniestra apología del delito. Quizá como si estuviera patrocinando y aupando una avejentada forma de ser en el país político: ser corrupto sí paga. Ser corrupto es chévere y se goza de impunidades. Ser corrupto debe ser una meta de los funcionarios. Más o menos así ha sido o fue su comportamiento deleznable y de un cinismo cerrero como fiscal general de la Nación.

Entre un ordinario sainete (que por otra parte desprestigia un género popular de enorme valía en la cultura teatral) y una opereta bufa, el exfiscal actuó a favor de una reaccionaria fuerza que pretende desbaratar un proceso de paz entre el Estado y una exguerrilla. Tal vez esté aceitando sus ganas de ser candidato presidencial del degradado uribismo, el mismo que ha aprovechado la salida del “cafre” (así lo calificó Garzón hace años) para desbarrar y pegar alaridos sobre una constituyente (ya la sabiduría del pueblo la está llamando una “prostituyente”).

Cuando estaba contra las cuerdas, grogui y tambaleando, alguien le tiró la toalla al exfiscal a ver si salía “por la puerta grande”. La farsa, de suma ordinariez, quedó al descubierto. Pese a todo el ensamblaje de la podredumbre en Colombia, ser corrupto no paga. ¿O sí?      

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2019-05-21T00:00:25-05:00

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La opereta del exfiscal

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