Por: Juan David Ochoa

La oscuridad

El paneo lento de una cámara durante una de las tantas sesiones del debate sobre la violencia en el futbol, fue suficiente para entender hasta el máximo nivel de la clarividencia lo que ya era obvio y claro; que el Congreso es una aberración, una lepra que carcome los soportes de la institucionalidad en entre dicho y los vestigios de la poca credibilidad que le resta a la palabra Estado.

Y por añadidura a la acepción pretenciosa de la democracia.

Mientras hablaba el general Yesid Vásquez sobre el curso de las nuevas medidas, las camarillas del legislativo, agrupadas en pequeñas tertulias, se estallaban de risa o discutían lo que ahora los excita de nuevo; el retorno del porcentaje de sus sueldos restituido por el mismo presidente en una clara respuesta a sus chantajes. La escena es asqueante. Pero solo es la evidencia visual de la vieja verdad que ha revelado siempre la inutilidad de una entidad vendida a los postores más dulces. 

Suele decirse ahora que la culpa cae sobre las espaldas de los electores, que solo los votantes tienen sucias las manos por creer ingenuamente en sus verdugos. Ignoran otra vieja verdad, trillada y exprimida hasta el hartazgo; que quienes votan por esos reincidentes eternos en la mezquindad y en el asco, en porcentajes ostentosos, no lo hacen por ingenuidad, por estulticia o por benevolencia, sino por otros pactos previamente acordados en el amplio círculo del clientelismo para obtener después los beneficios correspondientes. Desde la entrega de notarías suculentas, embajadas, ascensos importantes o inclusiones en nóminas paralelas, hasta cargos irrelevantes; puestos en colegios públicos, en secretarías o en simples inspecciones de proyectos.

Pareciera que sigue sin entender el colombiano indignado, que el Congreso es solo el reflejo de la virulencia que ha caracterizado a esta cultura desde las fechas mismas de la patria boba, cuando otras camarillas sectorizadas en regiones preferían la protección de sus fortines a costa de muertos, antes de ceder al ideal de una América compacta. La misma cultura que se ufana de su empuje sin ley, de su sobrevivencia sin escrúpulos, la sociedad piadosa y feliz, propulsora del oportunismo y la voracidad, la reincidente en las complicidades lucrativas y en el egoísmo al que nombra siempre necesario para subsistir. La misma que alivia en las noches su culpa y su sevicia con los giros de un rosario y con las velas a su dios siempre sediento de ofrendas peligrosas.

Esta es la cultura del odio soterrado en espectáculos de dignidad. Por eso nunca es sorprendente lo que  ahora y siempre ha sucedido en las esferas del poder, en que el fisco se diluye mientras todos se encienden al nombrar las glorias de la patria. Por eso, también, es natural que desde abajo, impotentes, sedientos todos de los grandes contactos para atesorar, quieran aliviarse en una pose de moral ante el congreso;  el mayor de los chivos expiatorios.  

El desastre es cultural, estructural y antiguo, y en esta oscuridad ladramos todos.

 

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