Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La otra crisis

Escribo esta columna un par de días antes de la jornada de movilización del 21 de noviembre. Advierto esto porque en un contexto como el colombiano, que se está moviendo extremadamente rápido, un par de horas pueden cambiar la evaluación de muchas cosas. Sin embargo, dada la propaganda desaforada que ha hecho el Gobierno, es difícil que la convocatoria del 21 fracase por inasistencia. Lo único que podría descarrilarla sería que degenerara en una combinación de represión y desorden, que es lo que muchos quieren que ocurra. Espero que eso no pase.

Pero en el fondo de todo esto hay una pregunta sencilla: ¿hay motivos para salir a la calle? Creo que los hay, y de sobra, comenzando por el conejazo que puso el Gobierno de Duque a la paz. Para no hablar ya de que quedó completamente probado que lo que el presidente decía con tanto énfasis que era mentira —que ministros suyos estaban proponiendo determinadas medidas— era verdad. Duque simplemente las echó para atrás cuando vio la reacción. Lo que sugiere que la movilización sí sirve y que si algo nos enseña todo este episodio es que es mejor mantener la presión.

Sin embargo, los motivos no se agotan en las reformas negativas y en el desgobierno. La gente saldrá a las calles también respondiendo a una sensación de malestar y exclusión difusa: en realidad, a una crisis moral, asociada a una transición política fundamental. ¿No vieron a la reina nacional apoyando la marcha? Eso es nuevo, ¿no? La transición es esta: el uribismo ya no tiene las mayorías aplastantes de las que alguna vez gozó. La crisis moral consiste en que sigue repitiendo sus espantosas prácticas y retóricas, como si aquello no hubiera sucedido.

Por ejemplo, concentrándome en los discursos públicos, el gobierno de Duque ha combinado sistemáticamente tres procedimientos. Primero, mentiras continuas, secretismo y desinformación. Esto incluye temas que afectan la vida de todos los colombianos (desde reformas laborales hasta niños bombardeados). Segundo, una continua contabilidad por partida doble. Los uribistas aplican un doble estándar extremo, cosa que se refleja en muchos eventos críticos. El presidente se declara aterrado por una incitación a la violencia que según dice podría ocurrir, pero en cambio nunca, nunca, ha sido capaz de pronunciar una sola palabra condenando las múltiples, brutales, homicidas incitaciones que salen de su propio bando. Con todo su esfuerzo —profundamente tramposo también— de presentarse como paladín de la democracia, encabeza pues un gobierno faccioso. Tercero, el abierto enamoramiento del liderazgo de su partido por la muerte de colombianos. ¿Quieren ver a alguien de ese grupo entusiasmado? Entonces cuéntenle que mataron a alguien, que destrozaron a alguien, que aplastaron a alguien. Que hay que entrar a matar, a destruir. ¿No se acuerdan de la manera en que se engolosinó uno de ellos desarrollando “jurídicamente” la idea del sagrado derecho de bombardear y matar niños? Una retórica más propia de Hannibal Lecter o Ted Bundy que de un precandidato presidencial, que produjo en muchos rechazo y malestar.

Y noten cómo en este triste episodio se combinaron las tres reglas de procedimiento: engaño y mentiras hasta que la gente se dio cuenta, después ataques calumniosos y brutales contra los que denunciaron el hecho, y finalmente defensa pública del bombardeo de menores… por parte de un Gobierno y un partido que han utilizado sistemáticamente la protección de los niños como pretexto para hacer trizas la paz.

Esta retórica oscurísima, cuyo único contacto con la empatía es la autocompasión, sería en cualquier caso terrible. Desplegada por un gobierno de minorías, que no tiene el control siquiera sobre su propio equipo, es una provocación abierta. Que les dice a gritos a millones de colombianos: “Este Gobierno es mío, no tuyo”. Que se niega a escuchar. La marcha del 21 es en muchos sentidos también un grito para que “el gobierno de ellos” los (nos) escuche.

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2019-11-22T02:00:09-05:00

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2019-11-22T08:47:33-05:00

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