Por: Weildler Guerra

La otra mitad

La cercanía del 12 de octubre despierta recurrentemente en los países de hispanoamericanos emociones intensas y encontradas. Durante siglos se celebró esta fecha resaltando las aportaciones hispánicas en materia de instituciones, religión y lengua, como si América fuese un lienzo en blanco y sus sociedades no tuviesen sus propias instituciones, lenguas e historias. Hoy en amplios sectores se resalta el exterminio de la población indígena de las Antillas, la destrucción de las altas culturas indígenas de Cusco y Tenochtitlán, y la imposición del cristianismo. De esta manera oscilamos entre la hispanofilia acrítica y la leyenda negra sobre España, entre la apología de la Conquista y la permanente indignación contra los ciudadanos españoles actuales.

Quizás haya que retornar a las discusiones de la época para comprender mejor el impacto universal de este encuentro. El filósofo francés Michel de Montaigne, un auténtico hombre del siglo XVI, sugiere en su ensayo sobre los caníbales que el contacto entre los habitantes de ambos mundos hubiese sido mejor en el tiempo de los antiguos griegos: “Lamento que no hayan tenido noticia de tales pueblos los hombres que hubieran podido juzgarlos mejor que nosotros. Siento que Licurgo y Platón no los hayan conocido, pues se me figura que lo que por experiencia vemos en esas naciones sobrepasa no solo las pinturas con que la poesía ha embellecido la edad de oro de la humanidad”. Este juicio del pensador francés contrasta con la imagen sostenida por otros de sus contemporáneos europeos, que catalogaron a los indígenas americanos como bárbaros y aun dudaron de su humanidad.

Tal como lo ha dicho Tzvetan Todorov en su obra La conquista de América: el problema del otro, no disponemos de la visión de los indígenas de ese entonces acerca de su impresión del contacto inicial ni de su visión sobre sus otros, ya fuesen europeos u otros indios. Siempre se ha visto esta historia a través de los ojos y de las palabras de los occidentales, por lo que la historia que rememoramos es la historia de la sociedad europea en América.

De hecho, el propio término “indio” para referirse a los habitantes ancestrales de este continente es una construcción colonial aún vigente en la que estos son percibidos, pese a su notoria diversidad, como estáticos, inferiores y homogéneos.

Las memorias que tengan los pueblos indígenas actuales sobre lo que significó este violento encuentro pueden ser diversas, complejas y contradictorias, pero casi siempre tienen un común denominador: en sus repertorios míticos siempre hay un lugar para el hombre blanco, al cual consideran parte de la humanidad, lo que es una actitud civilizada. En contraste, según Todorov podemos considerar bárbaros a quienes niegan la humanidad del otro. En consecuencia, como lo afirma Levi Strauss, la mayor importancia del 12 de octubre de 1492 radica en que en ese momento la humanidad del Viejo Mundo, que se creía única y entera, se vio de un día para otro frente a otra evidencia rica y diversa del género humano y descubrió que ella no era más que una mitad de la humanidad universal.

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