La paciencia de la magistrada

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Cada que Iván Duque pone cara de serio y pide pista para lectura de teleprónter, está entrando en el trance antijusticia transicional. Es claro que le gustan las dos o tres estrofas de ese libreto. Las entona con ritmo y firmeza. Les ha tomado algún cariño. Tienen su gracia.

El momentico no tiene demasiadas variaciones y, para completar, termina en otro sello de marca que nadie entiende: “Paz con legalidad” (lo de la economía naranja definitivamente no caló).

Como no se pudo derogar desde el principio el funcionamiento de la justicia transicional, la tarea que Duque aprendió a recitar gira en torno a temas como “la celeridad es un imperativo”, estamos hartos de “medidas simbólicas” y se requiere una “justicia implacable”.

Cualquiera que se interese por procesos de justicia transicional entenderá que es técnicamente imposible que la JEP no tarde un tiempo en emitir sus primeras condenas. Tan bien lo habrá hecho hasta el momento, que afuera es ejemplo de inspiración.

La referencia a las “medidas simbólicas” es una forma taimada de decir que no puede haber otras formas de justicia. El derecho a la verdad les parece injusto (o peligroso, dado que ya exigieron que los exjefes paramilitares se mantengan al margen de la JEP).

La justicia transicional es por definición un intento de dejar atrás otras formas de justicia que impiden un tránsito. Eso lo sabe y lo entiende el presidente, como quiera que ante las Farc-Ep sí suele reconocer la importancia de las víctimas y su reparación. Sin embargo, queda ahí la insistencia en la idea de una “justicia implacable”, emblemática, ejemplarizante y demás vengativas expresiones del ojo por ojo.

El presidente está en la obligación política de gobernar desde la ignorancia. Ante tan desesperanzador panorama, no queda sino agradecer, tras tres años de sabotajes financieros y bravuconadas del Centro Democrático, a la magistrada Patricia Linares por su paciencia y liderazgo.

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