Sombrero de mago

La pagará su madre

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En aquel pueblo con ínfulas de ciudad, con chimeneas fabriles y largos pitos de locomotoras, nació el modelo industrial de Antioquia. Se escuchaba en aquellos días de quebradas limpias y estaciones de tren con miles de inmigrantes, los pitos de las fábricas y los talleres ferroviarios, a modo de las sirenas de Ulises, que ejercían sobre la población una suerte de conductismo o, a lo Iván Pavlov, de reflejos condicionados. Era la señal de los cambios de turno de los obreros.

En Grandeza, formidable novela de Tomás Carrasquilla, publicada en 1910, en medio de vegetaciones frondosas y ambientes bucólicos, se advierte en el paisaje de Bello (antes Hato Viejo) la chimenea de aquella inaugural fábrica de tejidos, que, a su vez, sería la cuna de la primera huelga en Colombia (al menos con ese nombre): la huelga de señoritas, liderada por Betsabé Espinal, en 1920.

Y así, el paisaje se transformó de pastoril y parroquial, en otro en que lo moderno, la producción, las distintas maneras de la transformación de materias primas, condujo a una industrialización, cuya vigencia, con sus controles y vigilancias, con sus modos de aliarse con la Iglesia para mantener como rebaño a los trabajadores (que igual se resistieron y hablaron duro), se prolongó más allá de los años cincuenta, los de la violencia liberal-conservadora, y los sesentas, de expresiones irreverentes de la juventud frente al poder.

Hoy, cuando el modelo neoliberal, el mismo que hace prosperar reducidas minorías y pauperiza a millones, sigue haciendo su fiesta de privatizaciones y favorecimientos a multinacionales, aquel panorama de productividades se envileció y a su vez abrió el melancólico camino de la desindustrialización. Ya no son los olores de algodón, de cafés y chocolates, de textileras con sus enormes construcciones (también hubo un paisaje nuevo en la arquitectura), los que predominan en la aldea-ciudad, sino la reducción casi a la nada de lo que hacía parte de un imaginario de pujanzas y progreso.

Y así el paisaje de hoy, con pandemia incluida, es el de una creciente economía informal, síntoma de subdesarrollo y dependencia, y una secuela de las políticas antinacionales de diversos gobiernos, que, como el actual de Colombia, han favorecido los intereses foráneos, a las transnacionales y los organismos como el Fondo Monetario (que dicta a placer y a latigazos los lineamientos de cómo deben hacerse, por ejemplo, reformas tributarias, en fin). Y aquí llegamos al punto de lo que se viene agitando hace rato: una reforma tributaria disfrazada de “solidaridad”, pero que empobrecerá más a la ya muy arruinada clase media, trabajadores, desempleados y a un sinfín de penitentes.

Con un gobierno antipopular, experto en despistes, demagogias y engañifas, la reforma tributaria ha sido nimbada como una suerte de “salvación” del fisco. Pero, disfrazada con eufemismos y tonitos de sacerdote en ayuno, la susodicha reforma es otro palazo contra el bolsillo enclenque de los más vilipendiados por toda suerte de miserias. Y con ella se profundizarán los niveles de la depauperización masiva (y más IVA).

La cacareada reforma tributaria es otra pandemia contra los trabajadores, pensionados, clase media, pequeñas y medianas industrias, famiempresas y todo género de desposeídos. Va en contravía de la producción nacional y abre (o, mejor dicho, sigue abriendo) las compuertas para la penetración de

las importaciones, las mismas que, en diversos sectores, han arruinado y descompuesto a agricultores, como ha sido, por ejemplo, el dramático caso de los paperos.

Al gravar bienes exentos de IVA, como el cerdo, pollo, pescado, res, leche, huevos, castigará la canasta familiar y agravará la situación ya desesperada y miserable de la mayoría de gente. Desde distintos gremios, y también la voz popular, se dice que es una reforma inoportuna y que, en esencia, no es, como lo han pregonado de modo falaz el gobierno y sus acólitos, para ayudar a los pobres. Al contrario, es para hundirlos más en los pozos sin fondo de la inopia y la desposesión.

La esperpéntica reforma va a agudizar la cada vez más precaria realidad económica de los colombianos, digo de la mayoría, claro. Por lo que hay que salirle al paso con distintas expresiones de inconformidad y resistencia, con la amplia denuncia de un régimen entreguista y que se solaza, con sevicia, anunciando que ese engendro es para “ayudar a los pobres”.

El paisaje sin factorías está hoy habitado por los vendedores ambulantes. Van con sus carretillas de productos tropicales, a veces disimulando la angustia de la situación con pregones ingeniosos. Son las ocho y treinta de la noche del sábado y escucho al tenaz carretillero, con voz de angustia, que sigue ofertando piñas y guamas. Por la calle larga, con tiendas y cafetines, la gente se adormece con un televisado partido de fútbol, cuya transmisión también tiene IVA. Y de pronto, en el horizonte, aparece la indignación: ante la atroz intentona oficial, la gente comienza a gritarle al gobierno duquista: “¡la reforma la pagará su madre!”.

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