Por: Fernando Araújo Vélez

La página en blanco

Fue una absurda idea que surgió del pánico de una hoja en blanco de revista. No había temas, no había fotos, no había noticias. Las horas parecían acelerarse.

De pronto alguien habló de un cementerio, y él, insolente irredento, pensó que una nota sobre el Cementerio Central de Bogotá a las 12 de la noche podía ser la solución. “Y los muertos aquí la pasamos muy bien, entre flores y colores”, canturreó, convencido de que ese sería el tono que encontraría entre las tumbas y las lápidas. Buscó un fotógrafo, le preguntó a una amiga si lo acompañaba y pidió un taxi para los tres, pero el camino no fue tan corto, y con los minutos se comenzó a deshacer el hechizo. Ya no había tantas flores ni tantos colores, y era posible que los muertos no la pasaran tan bien como en la canción de Mecano. Le pidieron el chofer que se detuviera dos cuadras antes, frente a un bar-cantina. Compraron una botella de aguardiente “como para calentarnos”, dijo el periodista, cigarrillos, y salieron hacia su destino. La noche era fría. Nadie hablaba, tal vez porque ninguno quería confesarle a los otros que sentía pánico. Aguardaron la hora exacta de la medianoche. Tocaron a la puerta. Dos minutos más tarde, una voz quejumbrosa respondió, “¿sí?, ¿a la orden?”. “Somos los de la revista”, contestó el fotógrafo. “Ahhh, sí”, dijo el quejumbroso, que se asomó por una ventanita. Luego abrió lo que sonó a múltiples candados y cerraduras. Hubo un chirrido de la puerta, como tenía que ser. El hombre de uniforme, ruana y linterna, se apartó para dejar pasar a sus ilustres visitantes, que a borbotones tomaron de la botella de aguardiente. “Tranquilos, que a quienes hay que temerles es a los vivos”, dijo. “Cómo será esto de tranquilo —añadió—, que hasta hace una semana dormía por acá, al lado de una sepultura, una muchachita de 11 ó 12 años como máximo, pero como que se aburrió y se fue”.

El periodista temblaba. El fotógrafo lo disimulaba tomando fotos. La acompañante escribía nunca se supo qué en una libreta. Pasaron por la tumba de Carlos Pizarro, por las de Leo Kopp y Jaime Pardo Leal. Don celador agarró una especie de pañuelo amarrado con matas, lo abrió, y dejó caer un menjurge entre sanguinolento y pardo. “Son brujerías de amor, cosas de todos los días”, explicó. Un perro ladró. El fotógrafo creyó percibir unos pasos de botas. Entonces el periodista recordó, como de pasada, una muy buena columna que le habían enviado sobre arte conceptual. “Podríamos publicarla”, dijo. 

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