Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La paloma, el sapo y el ratón campestre

Los otros días, Luis Carlos Sarmiento declaró en una de esas reuniones suyas que con el advenimiento de la paz el país podría disfrutar de un punto más de crecimiento del PIB. Poco después, el ministro de Hacienda se manifestó en el mismo sentido.

Entiendo que, por la misma posición que ocupan en la sociedad, estas figuras están expuestas a una polémica más o menos continua. Al mismo tiempo, que la gente que sabe en serio de plata empiece a ver el enorme potencial que tendría para el país el arribo a buen puerto de las conversaciones de La Habana es algo que no debería dejarse pasar desapercibido.
El hecho además me recuerda todo lo que hemos perdido en punto a cap acidad de persuasión pacifista. El deterioro se puede rastrear a través de las metáforas predilectas usadas por los formadores de opinión. En la década de 1980, y buena parte de la de 1990, el gran símbolo de la paz fue la paloma. A través de ella se sugería la revolución emocional que precedería o sucedería (según la versión) al fin de la guerra: superación de la intolerancia, capacidad de empatía, esfuerzo por comprender al otro. Era una imagen significativa y generosa. A la vez, todo hay que decirlo, un poco bobalicona. Ignoraba no sólo los horrores, sino los duros sistemas de incentivos, que constituyen parte esencial del tramado de un conflicto armado. Paulatinamente, a punta de fracasos y frustraciones (pues en política la ingenuidad se paga siempre con moneda dura: contrariamente a lo que preconiza el dicho, soñar, o al menos soñar mal, es el ejercicio más costoso que hay), el tiempo de la paloma se fue agotando. El Caguán, y después esa cosa útil para el país, pero opaca y viscosa, que fue la reinserción paramilitar, transformaron la percepción de diversos sectores, y sobre todo de la clase media educada, acerca del pacifismo realmente existente. En últimas, todo ello cristalizó en una nueva metáfora, la del sapo. La paz era un animal feo y rugoso al que había que empujar garganta abajo, con los ojos cerrados y conteniendo las arcadas. Diversos comentaristas declararon resignadamente, no siempre pero sí a menudo chorreando autocompasión, que aceptarían comerse unos cuantos sapos si la cosa en realidad salía adelante. Desde los más respetables adversarios de las concesiones pacifistas, hasta los más maliciosos opositores del proceso, encontraron en el sapo al animal de referencia. Esta imagen, la del sapo, ya no es generosa, pero sigue siendo a su manera ingenua. A veces brutal e interesadamente ingenua. Pues si la guerra tiene su economía política, hay por necesidad una multitud de intereses anudados alrededor del programa de continuarla.
¿Por qué ingenua? Primero, porque constituye apenas un mohín. Y a punta de mohines lo único que podemos hacer es perpetuar el terrible y archiconocido síndrome nacional de violencia, corrupción, inequidad extrema, instituciones mal diseñadas, y los etcéteras que el lector quiera colgarle a la lista. Y segundo, porque borra de un tajo —trasladando de nuevo un problema eminentemente público al terreno privado de la simple respuesta emocional— toda la complejidad de la paz. Por eso es importante que gente seria, que ha dedicado su tiempo a aprender a operar según las reglas de la economía de mercado, y no, digamos, a quemar libros, nos recuerde que hay otras figuras y otros animales a los que el país puede recurrir para imaginar la paz. Como buen lector de Lafontaine, se me ocurre que estas declaraciones de Sarmiento y Cárdenas apuntan al ratón campestre, quien entendía que era un mal negocio comer hasta hartarse si el precio eran “mil peligros y constantes temores”.

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