La pandemia en el país donde nadie se muere

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Noto con cierta alarma que en Colombia hoy nadie pone una denuncia: la “coloca”. Ni abre un caso: lo “apertura”. La gente ya tampoco se muere. “Fallece”. Muy elegante. El paso al otro mundo debe de ser menos amargo si uno sabe que no se está (prosaicamente) muriendo, sino (edulcorada y graciosamente) falleciendo.

Pero el objetivo de esta columna no es proporcionarme un desahogo gramatical. Sino observar que la situación del país en los últimos meses había sido hasta el momento de contrastes. Por un lado, asistimos a un preocupante y brutal incremento de la violencia política. La matazón de líderes sociales no ceja. Retornaron las atroces masacres. El desgobierno y la corrupción han llegado a niveles inauditos. Pero, por otro lado, a Colombia no le iba mal en el frente específico de la pandemia.

Claro: buena parte de ello se debió a la presión de alcaldes —comenzando por la de Bogotá— y gobernadores. También tuvimos derrapes como el famoso día sin IVA. Con todo y eso, es claro que Duque no se portó ni como Bolsonaro ni como Trump, y que les ha parado bolas a los expertos —eso sí, tratando de conciliar sus recomendaciones con las demandas de distintos poderes fácticos—.

Pero resulta que ahora tampoco podemos decir que Colombia va a aprobar la asignatura del COVID-19. Por el contrario, rápidamente se está convirtiendo en uno de los epicentros de contagio en el mundo. ¿Qué estará pasando?

La explicación estándar consiste en atribuir este empeoramiento a la indisciplina social. Y por eso los noticieros de televisión mandan a periodistas a fusilar, micrófono en mano, a parejitas de adolescentes que se aventuraron a la calle cogidas de la mano, cosa que me parece bastante canalla. Pero lo de fondo es: ¿hasta dónde se mantiene esa explicación?

Permítanme discrepar —es decir: “aperturar un desacuerdo”— de la explicación estándar, no sólo para contribuir a pensar el problema sino para ver si me gano uno de los diplomas de “epidemiólogo de Twitter” que estaba ofreciendo Barbosa (mientras permanezca calladito lo llamaré por su apellido). Pero es que este problema es realmente tanto social e institucional como biológico. Y veo que hay varios argumentos de peso contra aquella explicación. Primero, no tenemos ninguna evidencia de que en Colombia haya significativamente más indisciplina social que en otros países. Por el contrario, sabemos a ciencia cierta que en ellos —incluyendo a algunos mucho más ricos que el nuestro, pero también a otros que les ha ido bien— tampoco todo el mundo ha cumplido las reglas del aislamiento. Segundo, las aperturas tempranas pesaron. Tercero, hay factores estructurales claves que inciden sobre nuestras dinámicas de propagación. Nuestro aparato tecno-científico es débil, hacemos poquísimas pruebas. Nuestro sistema de salud es una desgracia; ahora estamos pagando con sangre su rentismo e ineficiencias.

Cuarto, y en relación con lo anterior, hubo focos de propagación bastante grandes que no se atendieron debidamente, aunque todos sabíamos de su existencia. Regiones fronterizas, por ejemplo. No hablemos ya de las cárceles. Desde el principio lo supimos, debido a una temprana revuelta protagonizada por internos exasperados. Muchos de ellos “fallecieron” en “confusos hechos”. Los “héroes” que los fallecieron recibieron las consabidas felicitaciones. Desde entonces nada parece haberse corregido. Ahora varios presos dicen estar sometidos a una condena a muerte.

En una sociedad tan segregada como la nuestra, algunos podrían abrigar la esperanza de que lo que pasa entre los muros queda allí. Pues no. Estamos conectados por toda clase de vasos comunicantes. Ahora piensen en lo siguiente: la persona directamente responsable de este desastre, la ministra de Justicia, es la candidata oficiosa del Gobierno al cargo de procurador —una figura que vigila el comportamiento de las autoridades en el manejo de la pandemia—. ¿Lo ven? Es el quinto factor. La política. Los amigos, el personal. Pero eso ya es tema de otra columna.

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