La pandemia y la globalización

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Desde hace ya algún tiempo, pero especialmente después de la protesta social del año pasado y como efecto de la pandemia que estamos padeciendo, se han alzado voces, que parecen gritos, proclamando el fin de la globalización. Sin duda, todos los columnistas y analistas que critican la globalización también tienen un teléfono celular, un computador personal y otros artefactos electrónicos. Si tienen un iPhone, muy seguramente desconocen que su diseño es realizado en Cupertino, California, en donde queda la casa matriz de Apple, y también desconocen que los recursos para fabricarlo provienen, gracias a la globalización, de 43 países localizados en los seis continentes, cadena de suministro que es aún más extensa cuando se tienen en cuenta los materiales y minerales. En realidad, cada iPhone es posible no solo gracias a la globalización de sus componentes y materiales, sino debido a algo mucho más importante, que es la globalización de las ideas y del conocimiento.

Gracias a ese conocimiento ha sido posible construir toda clase de artefactos, combatir las enfermedades, prolongar la esperanza de vida, defender los derechos humanos, luchar contra la discriminación o tener la democracia como forma de organización política. Y, por supuesto, todo ese conocimiento proviene no solo de los vivos, sino, sobre todo, de las ideas, descubrimientos y creencias de miles y miles de personas muertas, algunas hace ya milenios.

Para dar solo dos ejemplos. La aplicación Waze, que nos sirve para optimizar el tiempo de traslado cuando conducimos un automóvil, no sería posible sin las ecuaciones que describen la curvatura del espacio-tiempo, según la teoría de la relatividad de Einstein. Y, para dar otro ejemplo de la globalización en la dimensión de las creencias religiosas, es útil recordar que la fe de millones de personas de todo el mundo proviene de un predicador judío, nacido el año 6 a. C. en un pueblo de Cisjordania, quien, después de escuchar los sermones de un primo suyo y cumplidos los 30 años, se dedicó a dar más y mejores sermones, llenos de metáforas, predicando la salvación de las almas de las personas humildes, y así fundó una religión que ha llegado a ser una de las fuentes de creencias más influyentes en la historia de la humanidad. Su nombre fue Jesucristo. Después de ser crucificado, sus ideas se vieron impulsadas por las extraordinarias dotes de predicación de un seguidor, Pablo de Tarso, y, tres siglos después, por las de Agustín de Hipona, quien incorporó al cristianismo varios conceptos centrales de las ideas de un filósofo griego muerto unos ocho siglos antes: Platón. De esa forma, las ideas religiosas de una parte importante de nuestra población, como las de muchas sociedades y culturas de todo el mundo, provienen de la globalización de las ideas nacidas hace milenios al otro lado de la tierra.

Es absurdo pensar que la pandemia acabará con la globalización. Es posible que los países se tornen autosuficientes en la provisión de ciertos bienes y servicios para la salud y otros sectores puntuales, pero lo que el coronavirus nos está enseñando es que necesitamos más, no menos, globalización para la provisión de ciertos bienes públicos a escala mundial, que nos den seguridad contra las pandemias y contra muchos flagelos que afectan a toda la humanidad.

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