Por: Piedad Bonnett

La pandilla

En cualquier justa, el saludo del perdedor al ganador lo enaltece, le confiere dignidad. Y al contrario: resulta inicuo que el ganador se regodee humillando a aquel a quien ha vencido. Esto sólo sucede en escenarios de guerra, que estimulan el odio y la venganza. Y esto último fue lo que vimos los colombianos al despertarnos el 7 de agosto: no contentos con poner a su candidato en la Presidencia, el Centro Democrático publicó un agresivo aviso de prensa de página entera enumerando los que, a su modo de ver, son los desastres de la administración Santos. Sobra decir que dicha enumeración está llena de mentiras, exageraciones, malinterpretaciones y verdades a medias. En todo caso, así fueran verdades las allí publicadas, el gesto es de una mezquindad que indigna y que muestra una saña del todo innecesaria, un odio reverberante que no se aplaca ni siquiera a la hora del triunfo.

El pasquín —que nos recuerda las épocas más pavorosas de persecución política— no sólo falta a la ética sino a la estética: hay algo de macabro en su fondo negro, y en sus señaladores en rojo y amarillo, que si se miran bien parecen balas. Porque no otra cosa están haciendo los miembros de este partido, sino disparar con saña contra el objeto de su odio visceral, envenenando la fiesta. Que fue también lo que hizo, con una grosería que causó vergüenza general, el señor Ernesto Macías en su discurso durante el acto de posesión de Iván Duque, cuando se dedicó a reproducir muchas de las acusaciones del espantoso aviso de prensa.

Me niego a pensar que todos los simpatizantes del Centro Democrático participan de la actitud innoble de los que publicaron el panfleto. Que, entre otras cosas, al primero que daña es al presidente Duque. ¿Por qué? Porque si fue consultado, en su discurso de posesión se estaría contradiciendo y tendríamos que tenerlo por mentiroso. Y si no lo fue, porque ignorarlo, siendo miembro importantísimo del Centro Democrático, no sólo sería, como mínimo, un tremendo desaire, sino que confirmaría lo que a menudo se dice: que es un títere. En todo caso, es claro que el senador Uribe avaló las dos cosas, el aviso y el discurso, porque en reunión privada posterior a la posesión dijo muy claramente: “El discurso de Ernesto, yo lo digo fríamente, sin emociones, es necesario. Era necesario”. Palabras que son pronunciadas en medio de sus seguidores que, apiñados a su alrededor, y mientras comen pasabocas, desatan toda clase de comentarios burlescos sobre los miembros de la oposición, como este de la mansa Paloma: “Gritaba «la Robledo», allá atrás, que estaba con Petro: «mentiroso». Y yo le gritaba: «respete»”. Lo que pudimos ver, gracias a Noticias Uno, fue, ni más ni menos, una pandilla. Una caterva de ensoberbecidos que ni siquiera tomaron un mínimo de precauciones al expresarse, tan seguros están de su poder y de la impunidad de sus actos.

Mientras más pelan el cobre, más digno resulta el expresidente Santos, que siempre mantuvo la serenidad y las buenas maneras. Pobre presidente Duque, que debe lidiar, no sólo con la oposición, sino con la desmesura de sus propias huestes. Él, que dijo que “gobernar a Colombia requiere grandeza”, es la primera víctima de sus copartidarios.

 

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