Por: Juan Gabriel Vásquez

La paradoja Uribe

URIBE, PARADÓJICO HASTA EL FInal, se fue sin irse.

El presidente más popular de la historia reciente se fue con más miedo político y más prevenciones legales que cualquiera de sus impopulares antecesores. En eso, como en tantas otras cosas, Uribe ha roto precedentes: en un país donde los presidentes han dejado el poder —y muchas veces el territorio nacional— para convertirse en convidados de piedra de un lugar que ya no es el suyo, Uribe se ha asegurado de que la primera tarea de los poderes entrantes sea ocuparse del poder saliente: desde antes del 7 de agosto sabemos, por ejemplo, que la Comisión de Acusaciones (único órgano capaz de investigar a los ex presidentes) quedará en manos de uribistas leales, cosa de garantizar que el ex presidente quede más allá de cualquier riesgo. Ningún presidente que me venga a la memoria ha pasado sus últimos días tan ocupado con su propia protección jurídica. Y eso, como puede ver cualquiera, es una cifra perfecta del legado de estos ocho años.

Porque Uribe y sus seguidores llevan muy bien la cuenta de todo lo que han roto para llegar al fondo de la tienda. Uribe ha gobernado como si no hubiera futuro después de él (piénsese en la célebre doctrina de la hecatombe, por ejemplo), y claro, eso incluye la imprevisión de las consecuencias de sus actos. Ha sido un gobierno de fines sin ningún interés en cuidar la legalidad, o el simple decoro, de los medios. O mejor: ha sido un gobierno que se ha olvidado de que los medios, y no sólo los fines, tienen consecuencias. Ahora Uribe se da cuenta de que las consecuencias de sus excesos están ahí, esperándolo a la vuelta de la esquina. No sólo a él: también al gobierno de Santos, que habrá de comenzar remendando varias de las cosas que la locomotora uribista se llevó por delante, desde las relaciones internacionales hasta la mera existencia de los partidos políticos. Dos cosas que a Uribe de nada le servían, y fueron eliminadas.

Su popularidad sigue intacta, claro, porque Uribe deja un país donde esta guerrilla que secuestra, que asesina a civiles desarmados, que usa más minas antipersonales que ningún otro grupo del mundo, está en retirada. Pero también deja un país donde las instituciones son tan inservibles como lo fueron para él, donde los derechos civiles no existen si al poder le estorban, donde la pobreza (a pesar de aquel nueve por ciento que el Presidente se atrevió a sostener en público) seguirá siendo el terreno abonado de nuestras múltiples formas de la ilegalidad. En la era Uribe, la riqueza se concentró como nunca: sólo un presidente miope o monomaniaco puede negar que en esas desigualdades se cultiva nuestra historia de violencia. En la era Uribe, la Corte Suprema se convirtió en un poder vigilado al mejor estilo de los totalitarismos de la Guerra Fría; en la era Uribe, el Congreso bajó a niveles de desprestigio nunca antes vistos, pues el Ejecutivo firmó todos los pactos que le hicieran falta a sus intereses, sin detenerse ni un instante en la idoneidad o la decencia de sus socios.

En las caricaturas de Vladdo, el Palacio de Nariño lleva puestas dos curas. Santos recibe un país donde la famosa institucionalidad colombiana ha quedado más magullada que nunca, pero se va a necesitar mucho más que un par de curas para taparle los morados.

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