Por: Ana María Cano Posada

La parálisis y el terror

Los que cultivan el terror son expertos en dramaturgia y escenografía.

Su efecto depende del detalle cruel que deja rastro indeleble. Consiguen sembrar incertidumbre e interpelan sobre a quién conviene el crimen para encontrar su origen. Desatan la caza de coincidencias para descifrar lo que es brumoso, cobarde y expresa el envilecimiento humano sin parangón en otra especie.

Comienza el acto. Boston soleado, 15 de abril, Día del Patriota, en el que se celebra desde 1897 la maratón más antigua del mundo occidental, a donde la peregrinación de atletas planetarios que va de ciudad en ciudad reuniéndose para desafiar sus desalientos, se inscribe con fervor. Ciudad poblada por 23 mil corredores, acompañados de centenares de miles de estudiantes que la convierten en el polo de conocimiento que es. Comunidad respetuosa con los que vienen de otras partes, que alberga a Harvard, Boston University y MIT.

Explotan al finalizar la carrera dos bombas artesanales hechas a propósito para producir el máximo de mutilación a 100 metros de la meta de la maratón. En ollas a presión españolas con clavos y metralla en lapso de segundos logran el pánico, la confusión y dejan impotente el desfile de saludables corredores. En minutos la euforia queda paralizada por el miedo. Tres muertos: un niño de ocho años que está allí para ver llegar a su familia, a su hermana le amputan una pierna y a su mamá le encuentran una herida en el cerebro; una estudiante china y una mujer de 29 años gerente de un restaurante, caen muertas también. 176 heridos, 17 graves, 13 amputados. Se oye otra explosión en la Biblioteca JFK y suponen hace parte del atentado. Las miles de cámaras alrededor de la meta que dispararon antes, en y después del momento final creyendo guardar memoria de la felicidad, ahora deben convertirse en evidencias dentro de la investigación. Y de inmediato llegan las manifestaciones de maratonistas que son legión, y dicen que correrán para no detenerse ante el terror; Londres este domingo lo hará y San Francisco corrió antenoche una carrera que escribió la palabra Boston en las calles que recorrió.

La puesta en escena de esta dramaturgia del horror desencadena especulaciones. Si vienen de afuera; si son locales y se oponen a la reforma migratoria de Obama y coinciden como en el 11 de septiembre con ese tema espinoso; o si la carta con ricina (proteína venenosa) que llegó a la Casa Blanca es parte de lo mismo, y si a dos días explota la planta de fertilizantes en Texas, se suman a las coincidencias que buscan desatar fuerzas reaccionarias que se nutren del terror.

Probablemente la Asociación del Rifle, el ala radical de la derecha que busca en el armamentismo sus ingresos, esté molesta por la discusión en el Congreso norteamericano sobre controlar el porte indiscriminado de armas, porque obtienen lucro del miedo quienes las venden. Viene a colación el argumento de Michel Moore en Bowling for Columbine, donde las masacres escolares en los Estados Unidos y el estado de paranoia general es alimentado por medios de comunicación y por el armamentismo auspiciado.

Una apertura ideológica en migración y controlar la libre venta de armas propuestos por Obama tienen opositores adentro y afuera. El terror y las armas son los mismos en todas partes, sirven para imponer a sangre y fuego la parálisis del estado de cosas, impiden el cambio, se oponen a quien quiera correr por sí mismo y sentirse libre de pensar. Escabrosa efectividad la del terror.

 

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