Por: Columnista invitado

La participación democrática

Por: Alberto López de Mesa

Afirma el humanista Noam Chomsky que “en la cumbre de la civilización, el oficio de la política debería empezar por procurar los consensos democráticos que generen las ideas, las obras y los programas al servicio del bienestar general.” Una suposición futurista de dicho precepto asumiría que la participación democrática se podría resolver con un software administrado por una central estatal, al cual le acceden las propuestas de comunidades, sectores y gremios que se analizan con variables, económicas, culturales, ambientales, etc., hasta que el sistema tecnologizado defina la acción más conveniente para la sociedad y seguramente para el país en el panorama global. Pero eso es ciencia ficción porque la política sigue siendo un oficio precariamente humano, sigue siendo un acto resultante de la fusión instinto y razón, que involucra en sus expresiones muchos gestos netamente instintivos, mohines de los primates en manada.

Los electores, por ejemplo, escogen al líder guiado por el carisma, lo que en la práctica es un culto a la personalidad y no la evaluación sensata de las ideas y las propuestas, en el peor de los casos los prosélitos son conciencias cautivas de caciques políticos con poder económico, o promeseros de ilusiones, o manipuladores profesionales que se valen de la publicidad engañosa, del chantaje y hasta de la intimidación con tal de asegurar los votos que a él y a su descendencia les garantizan la perpetuidad en el poder.

Los ejercicios de verdadera democracia participativa son aquellos en los que todos los miembros de una comunidad aportan sus ideas e inciden en los programas de gobierno y los planes de desarrollo. Con esto, los líderes políticos, igual que los funcionarios públicos, deben reconocerse como representantes del sentir general y de proyectos concebidos y ejecutados por la colectividad. Sin embargo, en la realidad los elegidos por el voto popular, en tanto alcanzan el poder, ya no representan más que su propio interés, aprueban el desarrollo que pase por sus fincas, valorice sus predios o garantice la participación de sus empresas.

La Democracia, con todas sus imperfecciones, sin duda, es el modelo de Estado y de sociedad que mejores condiciones ofrece para la equidad y la justicia social, pero es preciso que sus dinámicas, empezando por el ejercicio electoral, garanticen la participación libre e incidente del pueblo.

Es indignante, cada vez que un gobernante de una nación o de un municipio, pese a haber sido elegido popularmente, procede como autócrata, obviando las manifestaciones colectivas en contra de sus decisiones. Estos comportamientos sólo son explicables porque desde el momento de su elección el voto fue comprado o manipulado por los mismos poderes económicos o ideológicos favorecidos por los programas de gobierno que ejecuta el gobernante.

El voto de opinión da más garantías al electorado de incidir y controlar las decisiones del gobernante.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

El Tratado de Tordesillas en Rusia