Por: Mario Morales

La pasión de Colombia

SI HAY ALGO EN LO QUE TODOS EStamos de acuerdo es en el meme (ese concepto mínimo que, sin discutirlo, se asume como cierto en una cultura) de que Colombia es pasión. La diferencia, otro rasgo de nuestra idiosincrasia, comienza cuando se le busca una explicación.

Para algunos, como está de moda por cuenta de tips televisivos de optimismo y de la actitud mental positiva, la pasión es un corazón grande, por supuesto, que no puede sostener mano alguna por firme que sea. Forma parte de la campaña que pretende mostrar eso que no somos, que quisiéramos ser, pero que no seremos precisamente porque Colombia es pasión, como lo prueban las barras bravas de los estadios, del Congreso, del DAS y de los paramilitares.

Sí, somos apasionados por los atajos, como el embeleco ese de recoger firmas para todo, para perpetuarse en el poder como Uribe, para ser candidato como Marta Lucía, Fajardo o Araújo, o para revocar el mandato del Alcalde. Es la tergiversación del Estado de opinión por efecto de nuestra pasión por el creacionismo político, en vez de la evolución darwinista del Estado.

Somos apasionados a las soluciones de facto como lo prueba el millón de víctimas de nuestras violencias, y como lo saben Obama y el canciller israelí, interesados en que seamos punta de lanza de sus pasiones geoestratégicas.

Somos apasionados al berrinche, al insulto o a la grosería por ausencia de argumentos como lo expresan el presidente Uribe y los técnicos de fútbol, para eludir responsabilidad o porque son malos perdedores.

Pero nuestra pasión extrema, es decir, que somos lo que no somos, como lo muestran las encuestas, el patrioterismo ignorante en la pugnacidad irresponsable de Chávez, Correa y Uribe; es creer que somos los más trabajadores ahora que el desempleo supera el 13%, que somos los más honestos, y comenzamos por faltar a la palabra al decirlo; o que somos los más felices en este país que vive una ‘pasión’ de 190 años.

Con razón quieren elevar esa campaña a política de Estado. Que comiencen por prohibir los espejos.

 

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