Por: Héctor Abad Faciolince

La pasión por lo horrible

CON LA DUDOSA COMPETENCIA DE uno que otro país latinoamericano, estoy por creer que los colombianos somos los mayores productores de fealdad urbana del mundo.

No conozco una nación con más capacidad para volver horrible lo bonito. Cada año que pasa la monstruosidad invade más y más lo que antes era hermoso. Cada centímetro que Bogotá le roba a la sabana, por poner el ejemplo más cercano al corazón de Colombia, es un atentado brutal en el que lo hermoso es reemplazado por lo horrendo.

Allí donde el verde era “de todos los colores”, por usar una imagen de Aurelio Arturo, llega la invasión del ladrillo en bruto, o el monocromático gris del cemento, en fachadas planas, sucias y sin gracia, llenas de mugre, todo modelado por constructores teguas, sin la menor noción de lo que puede ser un diseño que se integre al paisaje sin destruirlo.

En cualquier país civilizado la protección de las áreas naturales obedece a leyes férreas que regulan las construcciones. Tiene que haber una frontera para que la ciudad no se trague todo el campo. Aquí la voracidad de los constructores, legales e ilegales, hace que cualquier sitio hermoso sea como un imán para llenarlo de cemento, sin el menor asomo de arte.

De Colombia solamente se pueden mostrar con orgullo los sitios donde la mano del hombre no ha llegado. Allí donde había alguna belleza natural, si se arrimaron colombianos, no queda otra cosa que basura, mal gusto e inmundicia. ¿Quieren ejemplos? Durante siglos el Salto del Tequendama fue elogiado como una maravilla de la tierra. Un río cristalino del altiplano se desplomaba de golpe en un borde abrupto y majestuoso. Hoy es una cloaca inmunda que sólo pueden visitar sin asco los gallinazos. La bahía de Santa Marta era famosa por su belleza, y las playas de arena blanca producían asombro: hoy un polvillo de carbón ensucia el aire, el agua, y mancha la arena.

Los urbanizadores no tienen límites y van invadiendo los montes, las tierras donde antes se cultivaba, los potreros de pastoreo, los bosques. En Bogotá se pretende ampliar el perímetro urbano, para convertir este altiplano magnífico en una imitación del infierno del Valle de Anáhuac de la ciudad de México, que una vez fue “la región más transparente del aire” y hoy es la más malsana y opaca. En Medellín ricos y pobres infestan las laderas de las que una vez fueron las montañas verdes y azules que nos hacían sacar pecho por su hermosura.

¿No podrán expedirse leyes para proteger el paisaje, así como se protegen las ballenas o los pingüinos? Hace una semana, en estas páginas, Alfredo Molano denunciaba la invasión de los cerros, a la espalda de Bogotá, y la pavimentación de todos los caminos destapados. Estamos acabando con todo lo que era un deleite para la vista. En vez de convertir en autopistas las troncales del país, se invade con asfalto (para favorecer a los urbanizadores) las carreteras que llegan a las fincas que los terratenientes quieren parcelar.

En los pueblos donde llega alguna riqueza, las casas con alero, las fachadas armoniosas, las plazas con gracia, se reemplazan por falsos edificios raquíticos, con tres planchas superpuestas y varillas a la vista, como si esto fuera una señal de progreso. La belleza de los pueblos es reemplazada por una imitación espantosa de los barrios marginales de las grandes ciudades. Y a la contaminación visual se une la auditiva: ¿dónde encontrar un sitio sin música en este país de parlantes atronadores? No hay un café donde tomarse un tinto silencioso.

Vivimos en la ilusión de que Colombia es un país muy grande y poco poblado. Lo cierto es que la inmensa mayoría de los 44 millones de colombianos vivimos encaramados en los valles o en las laderas de las montañas, buscando los climas más benévolos de las tres cordilleras. Hay un país inmenso, sí, pero difícil de poblar, por el clima tórrido y la humedad malsana de las selvas, por no hablar de la violencia de los dueños de la coca, de la revolución o de la contrarrevolución.

Aquí se intentan coartar las libertades que no se deben tocar: la de expresarnos, la de movernos, la de estudiar, pero hay una libertad casi sin límites para construir lo que sea, para contaminar y ensuciar con lo que sea, para poner avisos publicitarios que dañen la vista, para hacer todo el ruido musical que a los parranderos les dé la gana. Son esas las libertades que habría que limitar: la de ensuciar, invadir, parcelar, urbanizar, crecer, agredir el paisaje y destruirlo. Todo hombre puede afear o embellecer lo que le rodea. Aquí somos expertos en volverlo horrendo.

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