Por: Sergio Ocampo Madrid

La paz 2, Duque 0… quizá, quizá, quizá…

Quizás estoy pecando de ingenuo, pero de vez en cuando hay que ceder a la tentación del optimismo.

El vértigo de las últimas tres semanas desde que la JEP decidió negar la extradición a Santrich y ordenó liberarlo, la posterior recaptura que no lo dejó ni siquiera franquear las rejas de La Picota, y el epílogo de la Corte Suprema al ordenar de nuevo su libertad mientras lo investiga como congresista, me dejaron varias sensaciones más buenas que malas; e inclusive algunas muy esperanzadoras.

La primera es que el país se liberó de un fiscal que nunca debió llegar a ese cargo, y ni siquiera por su bien documentado espíritu cicatero sino porque a lo largo de su exitosa carrera de jurista sumó tantas incompatibilidades para manejar la justicia penal que solo alguien muy mañoso podía maniobrar tantas inhabilidades. Su manejo inicial del caso Odebrecht y lo que supimos después de que de día ejercía como fiscal y de noche como abogado de Sarmiento Angulo demostraron que fue un craso error del anterior Gobierno incluirlo en la terna, luego de esa burda comedia dizque para elegir fiscal por meritocracia.

Algún día sabremos todos los detalles de esa renuncia porque el simple gesto de dignidad es un motivo insuficiente; Martínez Neira es la clase de abogado, de persona, de macho alfa, que no dimite y que siempre encontrará algún esguince para sacar adelante su punto. Tenía opciones de seguir dando su pelea y eso quedó muy claro cuando la propia Fiscalía (ya sin él) ordenó la recaptura del exguerrillero.  Dicen que este gesto de víctima de la Farc ya lo dejó ranqueado como aspirante del uribismo al 2022. Vamos a ver; cada día trae su afán. Igual, podría haber sido candidato sin este show y terminar su periodo pues los tiempos le daban de sobra.

Pero hay más cosas que llaman al optimismo luego de esta montaña rusa de las últimas tres semanas. La JEP demostró su solidez al fallar en derecho y no en política. La argumentación de Jesús Ángel Bobadilla, presidente de la sección de revisión de la JEP, sobre por qué se le concedió a Santrich la libertad y la garantía de no extradición fue clara y serena. Como corresponde a un fallo de ley. Y la aparición de nuevas pruebas incriminatorias contra Santrich, apenas 24 horas después, solo ratificó que había un montaje para desprestigiar a la justicia especial. Veremos cómo actúa ahora con respecto a la apelación de la Procuraduría.

Todo el dramatismo calculado alrededor de este caso, con la repentina vacancia en la Fiscalía y la aparente sensación de profunda crisis institucional, incluido ese “gesto moral” de no ser cómplice en la liberación de un pillo, no asustó a la Corte Suprema ni al Consejo de Estado, ni incidió en las decisiones que tenían que tomar por esos días.

De nuevo, la rama judicial colombiana vuelve a demostrar, aun con sus Malos y sus Ricaurtes, y sus Bustos, que es la gran reserva institucional de este país. Primero fue el Consejo de Estado que optó por mantener la investidura de congresista a Santrich. Luego fue la Corte la que ordenó su libertad por tratarse entonces de un aforado, y horas más tarde ese mismo tribunal determinó que los 47 votos en el Senado fueron suficientes para hundir las objeciones de Duque a la ley estatutaria de la JEP. De carambola, será entonces la Corte Suprema la que investigue a Santrich, en un proceso que genera menos suspicacias que los de la Fiscalía. Y una papa caliente menos para la JEP.

El Congreso me sorprendió y no tanto por la forma aplastante en que no secundó la iniciativa presidencial de ponerle palos a la rueda de la justicia transicional, y por ende a la paz. Hay muchos antecedentes para tener dudas de que no fue por ideología tanto como por falta de mermelada. Pero esta vez me sorprendió por la dignidad, de la Cámara y después del Senado, ante las descaradas presiones de Estados Unidos con el mecanismo humillante de retirar visas a los desobedientes. Preavisada, la Corte declinó desayunar con el embajador gringo y este prefirió voltear la torta y decir que mejor los desinvitaba.

Una vez más, los gringos vuelven a tener una comprobación fehaciente de que en América Latina las exigencias a la brava a menudo generan un efecto contraproducente. Así fue en 1996, cuando no estábamos tan lejos de tumbar al presidente Samper, con nuestros medios, por nuestras vías, y ese virrey que se llamaba Miles Frechette casi ordenó que había que sacarlo del poder. Y entonces todo ese fervor por destituirlo comenzó a retraerse.

Con todo, la mayor ganancia de todo este terremoto del último mes es que el mensaje a las Farc tiene que haber quedado muy claro. Hay institucionalidad, hay instancias, procedimientos, personajes que quieren dar la pelea, la pelea por la paz. El proceso en La Habana se construyó con solidez y hay respaldos para resistir inclusive a un presidente y a un fiscal enemigos. Y Colombia es mucho más que esa caricatura que la diplomacia revolucionaria fariana propaló en Europa por décadas de que, además de banano, aquí solo existía el barrio El Chicó rodeado por un millón de kilómetros de miseria. Mensaje contundente para Márquez y para alias “El paisa”.

Me queda la sensación agridulce de creer que Santrich sí es un pillo, uno muy colombiano, en esa viveza de la que hacemos alarde, en esa tendencia a engañar aun cuando se confía en nosotros y se nos da una nueva oportunidad. En esa misma línea de Pablo Escobar de entregarse, pedir una cárcel para empezar a pagar sus deudas con la sociedad pero desde allí seguir con los envíos de coca y las ejecuciones sumarias. La Corte tendrá que probárselo, y las Farc actuar en consecuencia.

¿Será que estoy pecando de ingenuo al ver todas estas cosas tan positivas tras la embestida del presidente, del expresidente, del CD, del exfiscal contra la paz? Quizás, quizás, quizás.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Sergio Ocampo Madrid

Cecilia llegó a los 90

La V de "Santrich" y los verdes

Bajen de los altares a Juan Pablo II

¿Cumbre, o abismo, Transatlántico?

Quiero llevar un elefante en Transmilenio