Por: Gloria Arias Nieto
Pazaporte

La paz, como los ríos

Identificarnos con un propósito y un desafío implica desarrollar un compromiso con algo que sea más fuerte que nosotros mismos, y sobre todo más noble y trascendente. Algo que valga la pena, la identidad y la emoción; que sea digno de esperanza, se levante sobre andamios de resiliencia y ni siquiera piense en la posibilidad de fracasar. Ese engranaje de pertenencia hace que la vida propia y ajena funcionen como una rueda dentada, en la que cada impulso y cada freno afecta a los demás. Supongo que eso es parte de la corresponsabilidad social, y de esta razón de ser verdaderamente humanos.

Pertenezco al movimiento Defendamos la Paz (DLP), un movimiento plural, dinámico y democrático, conformado por cientos de personas que hace unos años no habrían compartido ni una mesa de café, y hoy compartimos un propósito de vida. Personas que han recorrido desde adentro la política, la academia, la exclusión, el poder, la búsqueda de la paz o el dolor de la guerra. Saben que la violencia, el autoritarismo y la inequidad se encargaron de separarnos, y que en Colombia tuvieron que pasar cuatro generaciones para aprender que el odio es inútil.

Esta columna no es un comunicado, ni va en nombre de un movimiento que tiene muchísimas voces más capacitadas y conocedoras que la mía. Simplemente escribo lo que percibo y me emociona: siento que DLP existe para hacer cuanto esté a nuestro alcance para que los acuerdos se respeten, la palabra se cumpla y la paz se consolide como un hecho del Estado y de la ciudadanía. Existimos para honrar y proteger la vida de los líderes sociales, la paz de los territorios y el renacimiento de una sociedad que no esté dispuesta a volver —nunca más— al horror de la guerra.

Le apostamos a un país que respete los poderes independientes, la construcción de la equidad y el derecho a disentir sin que nos cueste la vida. Consolidar las libertades fundamentales y mantener las ventanas abiertas a la reconciliación implica transformar los campos minados en campos fértiles, donde crezcan y se afiancen, simultáneamente, paz y democracia.

En nuestro país han pasado tantas cosas tan locas, tan dolorosas y algunas tan prodigiosas, que ya nadie es uno solo ni Colombia es la misma.

Dentro y fuera de las fronteras sabemos que el desarme de las Farc fue posible, que la inclusión política no era un sofisma y que el mundo no se reescribe en las cárceles ni por venganza. Aprendimos que la paz es un bien supremo y que la justicia no puede ser la misma antes, en o después de un conflicto armado que dejó más de ocho millones de víctimas.

Claro, luego de tantos años de creernos los buenos o los malos de la historia y haber caído en las trampas de la violencia, después de tantas represalias aguardando en la sala de espera, no es fácil para un país resetearse en modo paz. Muchos están atemorizados con esta nueva Colombia que no se deja seducir por los egos y los cantos de guerra. A los dueños de los castillos de naipes les asusta perder sus códigos de pequeños dictadores y a otros les cuesta exponerse a la realidad.

La paz —así esté frágil y amenazada— tiene que ser tan irreversible como los ríos, y necesitamos reconstruirnos a partir de una memoria que honre y que no se desgaste en odiar.

Defender la paz es respaldar la vida; no creo que haya nada más urgente y conmovedor para un país que ya sufrió demasiado y merece recomenzar.

[email protected], #SomosDefendamosLaPaz

 

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