Por: Darío Acevedo Carmona

La paz de los sepulcros

El aleve ataque de las Farc que dejó por saldo el asesinato de 11 soldados y 20 heridos debe ser visto, en primer lugar, como una expresión no aislada sino sistemática de esta guerrilla en todas las negociaciones que el Estado colombiano ha intentado realizar con ella.

Siempre se han dejado llevar por la arrogancia que a su vez los hace pensar que con esos arteros atentados presionarán en la mesa de conversaciones para obtener sus exigencias.

En segundo lugar, debemos entenderlo como una de las consecuencias de la errónea política de paz del presidente Santos. De manera inconcebible les entregó la mejor arma de contención y ataque del Estado al suspender los bombardeos, abriendo la oportunidad de que se reagruparan para planear los atentados sin correr peligro de ser detectadas y atacadas desde el aire.

La estrategia santista ideada por Sergio Jaramillo, que de milicia no entiende nada, conlleva a creer a pie juntillas e ingenuamente que las Farc actúan con sinceridad y que era necesario corresponder con gestos de paz al supuesto cese al fuego unilateral para “desescalar el conflicto”. Uno de los soldados heridos expresó con desazón la orfandad sufrida a causa de ese yerro: “Sin apoyo aéreo no somos nada en tierra” (Caracol.com.co abril 16). Con razón afirmó el analista Eduardo Mackenzie que: “Entre la matanza… y la orden de Santos hay una relación de causa a efecto… Santos quedará definitivamente ligado al gravísimo episodio pues su orden creó las condiciones para que las Farc organizaran esa demostración de fuerza” (Colombianews, abril16).

No tiene sentido negar a estas alturas que las órdenes del Jefe Supremo de las FF. MM. han provocado desmoralización, división y desmotivación en sus filas, además de un fatal exceso de confianza en la tregua decretada por el enemigo.

De manera que estamos ante un escenario previsto y advertido por voces críticas fuerzas opositoras y amplias franjas de la opinión pública. Se ha dicho de muchas formas que con las FARC no se puede ser ni dóciles ni ingenuos, que las conversaciones de paz estuvieron mal pensadas en tanto el Estado colombiano, teniendo con qué, en vez de poner condiciones se las dejó imponer.

Para infortunio de la Nación, la persona que oficia de presidente se ha dedicado a descalificar las críticas y los críticos tildando de guerreristas a quienes han alertado el peligro de un nuevo engaño. No sabe uno si el presidente Santos responde así por arrogancia, autosuficiencia, vanidad o porque es incapaz de debatir dialécticamente con los contradictores.

El balance de estas conversaciones no puede ser más triste. El país reeligió a Santos con la esperanza, alimentada por una masiva campaña publicitaria carente de fundamento real, de que estábamos muy cerca de la paz. Se dijo que “nunca habíamos avanzado tanto con las FARC”. Santos ha cambiado cinco veces la fecha para firmar la paz sin tomarse la molestia de ofrecer una explicación. Hoy, sin mucha convicción, declara que hay que fijar un límite, ¡uno más!

Santos ha recorrido medio mundo pidiendo apoyo para el posconflicto sin haber firmado la paz y ha embromado a mandatarios y a organismos internacionales con el cuento de que la paz está al alcance de la mano.

Con razón se percibe en la opinión pública una sensación de estar a la deriva, que tiene por base el haber perdido más de lo que habíamos ganado en la década anterior. Juan Manuel Santos abandonó la política de seguridad democrática y en su reemplazo adoptó el extravío de la incertidumbre. La Fuerza Pública está confundida, no hay confianza en la rama judicial ni en las elecciones, ha aumentado la inseguridad mientras las guerrillas se han fortalecido en todos sentidos.
La quinta negociación de paz está ad portas del abismo, estamos engañados de nuevo por los mismos y, para colmos, guiados por un presidente errático, sordo a las críticas y ciego ante la adversa realidad.


Algunas reacciones sobre el asesinato masivo de soldados son realmente cínicas e inmorales: las Farc, acorde con su libreto, alegaron defensa propia cuando es claro que se trató de una emboscada, según Medicina Legal. En la civilidad, sus amigos y alcahuetas “pazólogos” guardan silencio cómplice o dicen insensateces matizando la masacre de los soldados y poniendo el acento crítico en la divulgación de fotos y las críticas del expresidente Uribe. Otros, filocomunistas vergonzantes, como el senador Iván Cepeda, piden a Santos no reiniciar los bombardeos y lo urgen a aceptar el cese bilateral. Se leen comentarios de quienes en vez de enfatizar en la violación de la tregua unilateral, en el engaño a la tropa y en el dolor causado a las familias son incapaces de calificar la masacre como un saboteo a las negociaciones y en cambio, sin motivo, alertan en franco gesto de intolerancia política “Ahí viene la derecha” cuando realmente el peligro provienen de la extrema izquierda armada.

Sin convicción, Santos ordenó el reinicio de los bombardeos y acatando a miembros de su equipo, pero sin tomar decisión, expresó que se debe poner fecha límite al proceso. El Centro Democrático, desmintiendo a quienes esperaban un llamado a la ruptura, propuso exigir la concentración de los guerrilleros en un lugar bajo protección de fuerzas internacionales como condición para proseguir el diálogo.

Darío Acevedo Carmona, abril 20 de 2015

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