Por: Columnista invitado

La paz, esa quimera del futuro

Hablar del futuro es siempre hablar de esperanza. Pero quizás la tarea más dura y compleja en estos tiempos que corren es pensarla. Ergo, pensar el futuro es pensar la esperanza. La esperanza de que los habitantes de este continente, de Colombia o de cualquier latitud de Sudamérica vivan en paz, respiren paz.

Una década y media de este siglo XXI donde el proyecto histórico de nuestras naciones reside en hacer de este territorio un territorio de paz, como bien lo asevera la Unasur. Ese es el espíritu, el único espíritu que debe gobernar la región.

En las antípodas de cualquier tipo de violencia, arcaica como el pasado mismo, la paz es esa empresa que debe y tiene que imponerse. La búsqueda imperiosa por defender nuestras democracias después de décadas de violencia institucional perpetrada con el oscuro semblante del terrorismo de Estado, la acción de los movimientos guerrilleros del que aún quedan resabios y la amenaza latente de una invasión norteamericana con el pretexto de defender la democracia. Son esos tiempos del que no queremos retornar. Fantasmas que rondan y del que evitamos que se materialicen en nuestro territorio.

El umbral de esta nueva centuria no trajo a la paz como baluarte. Intentos de golpes de Estado y desestabilizaciones a los órdenes democráticos signaron el comienzo de este siglo. La narcocriminalidad se ha venido consolidando como fenómeno en toda la región y se sitúa como el problema a vencer en las próximas décadas. Las negociaciones entre el gobierno y las Farc intentan llegar a buen puerto y se constituye en la llave que abre el proceso de paz definitivo, no sólo para Colombia, sino para todo el cono sur.

En diciembre del 2014 Cuba y EE.UU. retomaron el diálogo después de 54 años, lo que es un hito histórico para el continente y para las relaciones diplomáticas entre ambos países después del bloqueo económico de 1960. Sin dudas una señal prometedora para el porvenir del todo el continente. Sin embargo, esto que parecía abrir un nuevo horizonte para América Latina rápidamente se transforma en una paradoja. EE.UU. ha impuesto en las últimas semanas sanciones en contra de siete funcionarios militares de Venezuela declarando que el país representa una “amenaza extraordinaria e inusual a la seguridad nacional y política exterior estadounidenses”, como reza el decreto firmado por Barack Obama. Esto le da carta blanca a EE.UU. para que inicie una ofensiva militar contra la nación venezolana. Estas acciones no hacen más que tirar por la borda todo lo positivo que se ha venido produciendo en materia diplomática con Cuba y en el mejoramiento de las relaciones con Latinoamérica, demostrando una vez más el carácter belicista que ostenta la nación norteamericana contra los países nuestra región.

En este sentido, Immanuel Kant entendía la paz como un proyecto posible donde gobernara la justicia para cada una de las naciones del mundo. Ese proyecto resolvería a priori el principal problema de esa época y que ya es un problema universal: La cuestión de la guerra. Dice Kant que la paz “es un deber, y al mismo tiempo una esperanza, el que contribuyamos todos realizar un estado de derecho público universal, aunque sólo sea en una aproximación progresiva”. Este es sin duda el camino que deben tomar nuestros pueblos y que debe alimentar una imaginación cada vez más colectiva para hacer de ese futuro el nombre del presente.

 

*Ensayista. Miembro del Centro de Estudios Históricos “Felipe Varela”, de Argentina 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

Razones para no votar a ciegas

Una reforma urgente y necesaria

La resistencia colombiana

Pizano, el testigo “neutralizado”