Por: Jorge Iván Cuervo R.

La paz, un imperativo

Una cosa es hablar del conflicto armado y de la paz desde Bogotá, y otra muy distinta hacerlo desde las regiones donde se sufre los rigores de la confrontación.

 Quienes tienen que ajustar su vida cotidiana a los vaivenes del conflicto armado, teniendo que lidiar con todo tipo de actores para poder sobrevivir, no tienen ninguna vocería en la negociación, y por eso la discusión suele tornarse en una cuestión retórica que se mueve al vaivén de la opinión pública urbana. Una terminación de las conversaciones en la Habana no significará un cambio radical en sus vidas, pero un cese del conflicto sí puede implicar cambios sustanciales si logramos que el Estado reasigne los recursos de la guerra al bienestar de aquellas zonas olvidadas de Colombia.
No voté por Santos y he sido crítico de su gobierno. Al igual que el de Petro, me parece que ha tenido un gran problema en traducir sus ideas en políticas públicas. Lo de la reforma a la justicia fue una vergüenza y la falta de sintonía con lo social se vio en el paro agrario de una manera que estuvo a punto de dar al traste con el propio gobierno.

El perfil aristocrático de su equipo en un país tan desigual me parece un contra sentido. Tener un discurso de paz y un ministro de Defensa que sale todos los días a vociferar contra la misma es una terrible contradicción. Haber permitido la reelección del cruzado Ordoñez, habiéndolo podido evitar, es imperdonable en un gobierno que se reclama de filosofía liberal. Nombrar a Lizarralde de ministro de Agricultura constituye una afrenta a los campesinos, y tener de escudero al deslenguado de Gabriel Silva, una imprudencia.

Pero aun así, su apuesta por la paz me parece valiente y arriesgada, en circunstancias donde el sentimiento de triunfo de ocho años de la seguridad democrática no daba para pensar que se la jugaría por ello. A Santos, es justo reconocerlo, le ha tocado remar a contra corriente, con una opinión pública escéptica, un ex presidente con alta popularidad torpedeando todos los días el proceso y acusándolo de traidor, y unas Farc que no han terminado de entender la oportunidad histórica de terminar con algo de dignidad su lucha armada.

Al uribismo nunca le ha importado la justicia, de hecho es su antítesis; acogieron ese discurso sin tener autoridad moral para deslegitimar el proceso de paz que varias veces Uribe trató de iniciar con las Farc, con promesas de constituyente y circunscripción electoral incluidas.

La paz es un imperativo nacional. Necesitamos salir de ese ciclo de violencias y concentrarnos como país a lograr una sociedad más justa y democrática. Si el uribismo y las Farc quieren seguir en la violencia para perpetuar la pobreza y la desigualdad, allá ellos.

Es imperativo además terminar el conflicto para que la clase dirigente no lo siga usando como excusa para adelantar las reformas sociales que ya hizo el resto de América latina.
Es necesario construir una masa crítica en favor de la paz, como decía Chucho Bejarano, sin que ello implique no exigir unos estándares más altos de justicia y mayor dignificación de las víctimas en el proceso de negociación.

Santos ha tenido poco respaldo político y social para negociar, y ese costo lo ha pagado en popularidad e incluso puede comprometer su reelección. Si la tercería no despega y no se conecta con esta inmejorable opción de terminar el conflicto, tendremos que escoger de nuevo entre seguir esta absurda y anacrónica guerra o buscar con sensatez una posibilidad real de paz.

@cuervoji

 

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