Por: María Elvira Bonilla

La paz y el miedo

Esta columna fue escrita antes de tener nuevo presidente. Pero algo ha quedado claro en estas elecciones: Juan Manuel Santos convirtió en bandera electoral la urgencia y posibilidades de la paz.

 Lograr la salida negociada al conflicto vuelve a ser el imperativo de la política colombiana. Pero que Santos no se confunda. El voto que lo acompañó en la segunda vuelta presidencial fue un plebiscito por la paz y no un apoyo a él como presidente ni a los cuatro años de su fallido gobierno, ni mucho menos a su estilo de hacer política. Para rematar, la gran mayoría de los líderes de opinión y militantes de grupos de oposición llamaron a sus seguidores a votar por él, pero con tapaboca, con guantes de cirugía. Un voto por la paz y por miedo. Miedo a Álvaro Uribe y a la posibilidad de que pueda regresar al poder a través de Óscar Iván Zuluaga como presidente.

La paz y el miedo juntaron a los injuntables, a los polos opuestos, a los rivales de siempre. Iván Cepeda, Piedad Córdoba y Aída Avella, voceros del Polo, de la Marcha Patriótica y de la UP, hombro a hombro con Luis Carlos Sarmiento, el mayor representante de la llamada plutocracia y cacao del odiado sector financiero. A César Jerez y los líderes de las zonas de reserva campesina, de la mano con Rafael Mejía de la SAC y vocero de los empresarios del agro, opuestos de siempre y con radicalidad a esa figura. A Carlos Vicente de Roux, Claudia López y Antanas Mockus junto a los vilipendiados Yahír Acuña, Roberto Gerlein, Efraín Cepeda, Ñoño Elías, Musa Besaile, uribistas de ayer transformados en “fervientes” santistas por pura conveniencia. Y es aún más larga la lista de contradictorias uniones temporales.

Creo en el compromiso con la paz de la gente de la izquierda e independientes, pero no creo en el afán por la paz de los parlamentarios de la U ni de los caciques conservadores, hasta hace poco furiuribistas de primera fila, opuestos a cualquier intento de diálogo con la guerrilla. Quiero ver a muchos de estos políticos y empresarios que firmaron cartas de apoyo al voto por la paz actuar comprometidos para la materialización a fondo de los acuerdos de La Habana. Quiero ver su decisión a sacrificar prebendas y privilegios económicos volcados hacia la inclusión social y política, dispuestos a dar oportunidades, sin demagogia, compromisos sin los cuales la paz seguirá siendo una buena intención electoral y nada más.

La salida negociada al conflicto y el apoyo a los diálogos de La Habana ya no son bandera electoral sino un imperativo nacional. Una exigencia colectiva, independiente del escenario político, de un país saturado por la guerra y decidido a pasar esa página para avanzar a realizar tareas que la guerra ha impedido.

Desde hoy el turno es para el periodismo. Porque, como dijo Arturo Pérez-Reverte en la entrega de los Premios Ortega y Gasset, “el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles”. Un desafío que los medios colombianos no pueden aplazar.

 

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