Por: Arturo Guerrero

La paz y su paso de baile

El ambiente político amenazaba catástrofe. Los congresistas parecían críos escapando de clases. La justicia, principal instrumento del acuerdo de paz, se hundía. El fast track agonizaba, el presidente se quedaría sin superpoderes. No había quién defendiera el recurso de conmoción interior, precisamente tras el desarme de quienes conmocionaban.

El país era un Titanic y el iceberg se clavaba en la cabeza de los atolondrados colombianos. De súbito, en dos días de esta semana, la tormenta perfecta se deshizo. Declarada constitucional la ley de justicia y aprobados en el Congreso los articulitos e incisos, se salvó el 2017.

Ejecutivo, Judicial y Legislativo, los tres poderes de la solemnidad, cumplieron de parte del Estado la cuota institucional prometida a la exguerrilla. Nunca quedan todos contentos, eso es parte de la manía en esta Colombia de alacranes. Pero el destrabe de los elementos formales de la paz da paso franco a las fiestas de fin de año.

Es previsible que los incalculables candidatos con sus incalculables firmas no otorguen tregua de fin de año a los ciudadanos urgidos de juerga. Nadie como el poeta portugués Fernando Pessoa se adelantó en versos a la temperatura presente de nuestro trozo de trópico travieso. “De todo” se llama su pieza:    

            De todo, quedarán tres cosas:

            la seguridad de que estamos siempre recomenzando

            la seguridad de que necesitamos continuar

            la seguridad de que seremos interrumpidos antes de terminar.

            Por lo tanto, debemos hacer de la interrupción un camino nuevo

            de la caída, un paso de baile

            del miedo, una escalera

            del sueño, un puente

            de la búsqueda, un encuentro.

Es evidente que, luego de interminables interrupciones, se recomenzará. También es cierto que, después de seis años de puja por este pedazo de paz, la gente ansía un paso de baile. Una musiquita de tantas bandas con trompetas que muchos muchachos despelucados han ido inventando en Nariño, Santander, Boyacá, Meta y los litorales.

La paz necesita más que negociaciones, más que promesas de papel, más que leyes inmarcesibles. Para recomenzar cada día es preciso cantar cada noche. Si se quiere un 2018 inaugural conviene empujar la novedad a punta de escaleras y puentes. Y estos se tienden al son de los sones con cobres, tambor, cuatros, sintetizadores, gaitas, fuelles y voces, sobre todo voces.

Hoy es hora de desinfectar la paz. Sacarla de los recintos con columnas de piedra desde donde se distribuye la cólera por los rincones de la democracia. Llevarla a pasear a tierra templada, bañarla en pozos termales, quitarle la sed con sandía y el hambre con arepas de queso campesinas. Todo, muy barato.

Los políticos, incumpliendo, cumplieron. Con sus gritos infestaron de desesperanza al pueblo, esparcieron malignidad desde debates de radio apocalípticos. Una vez conjurada la maldad, ojalá enlacen también su paso de baile. Y permitan a los inocentes soñar con la seguridad de un camino nuevo.

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