Por: Reinaldo Spitaletta

La peligrosa caribonita

Hubo tiempos en esta ciudad inesperada en la que hablábamos –algunos con cierto orgullo- de tener metro, metra y mitra, que no era un juego de palabras de cuento de Jaime Espinel, alias Barquillo.

Teníamos (tenemos aún) el metro más costoso del mundo, el de una historia negra de corruptelas, de la que ya pocos se interesan por conocer. Y todos los días, metra por aquí, metra por allá. Y claro, la mitra y los báculos, que esta ha sido tierra santa.

Hubo aquellos días de horror cotidiano, con carro bombas en las esquinas, con todos las “carangas resucitadas” que se exhibían en grilles y cantinas, “embambados”, relucientes como reptiles al sol, creyéndose los dueños del mundo, porque llevaban cadenas de oro y armas al cinto. Eran días en que vos no podías pitarle al de adelante, porque se bajaba y te increpaba, revólver en mano. Ah, y hasta disparaba, según estuvieran sus ánimos. O los tuyos.

Hubo días en que se mantenían de “pipí-cogido” políticos y mafiosos, que todos eran uno. Y en los barrios altos se ponían “penas” de ir a matar gente para poder pertenecer a la banda, que aquí tenías que probar finura. Eso decían. Eran los días del patrón por aquí, del “trompa” por allá, que también aquí sabemos hablar muy bien al vesre, en una ciudad que siempre ha estado al revés, ¿ves?

Hubo los días en que abundaron los miembros del Cacique Nutibara (que profanaron la memoria del mítico indio) y del Bloque Metro, paracos en disputa por la ciudad, enfrentados a las milicias de la guerrilla, en una siembra de fuego por todas partes. Eran los días de La Terraza, de la Oficina de Envigado, de un tal Orión, de un tal don Berna, que después, sin ser elegido popularmente, sería alcalde de esta ciudad de ricos barrigones (ay, Fernando González) y especuladores inmobiliarios. Y mientras tanto, en esta ciudad entre montañas, de clima primaveral, y hoy de las más contaminadas de América Latina, se iba estableciendo una industria del crimen, que ya parece muy difícil desmontar.

Al patrón lo mataron hace muchos años, pero no a la cultura de terror que sembró. Desapareció su cuerpo en 1993, pero no la mentalidad de violencia y crimen como medios para conseguir dinero y fama y posición social, de la cual él y muchos otros fueron artífices. Y también víctimas. En esta ciudad color ladrillo, muchos verdugos han terminado en la guillotina.

Esta ciudad de edificios tuguriales, de parques bibliotecas, de infraestructuras modernas, de barrios de extrema miseria, de guetos de ricachones, está atravesada por todas las inseguridades. Si caminás por el parque Berrío (que ya no es parque, sino estación de metro), te asedian los “cosquilleros”, te arrebatan el celular, te despojan de tu bolsa. Si vas por la Oriental (una avenida sin identidad) te pueden desplumar en un instante. El centro es tierra conquistada por narcotraficantes, vacunadores, mafiosos de todos los pelambres. Y algunos ciudadanos hasta le conceden razón al alcalde de temer asomarse por esos lugares de perdición.

Si vas por los barrios de las comunas ocho y trece, por ejemplo, sabrás que son dominio de narcos, de bandas criminales, y como decía alguien de por esos contornos, que los pelados ni culpa tenían, porque los “pájaros grandes” te ofrecen plata, armas, entrenamientos y así cualquiera resbala y cae ante las tentaciones del lumpen. Para tantos muchachos de esas barriadas es triste tener que habitar sin poder salir de cuatro cuadras a la redonda, porque si atraviesan la frontera invisible los vuelven “ropita de trabajo”.

En esta ciudad que puede ser la de las muchachas más bellas del mundo (eso dicen los extranjeros que se atreven a pisarla), los conductores de buses de casi todos los barrios viven aterrorizados, y de vez en cuando matan uno o dos, por asuntos de pagos, o mejor dicho, de no pagos de vacunas. En esta urbe de hermosos cerros (o morros) tutelares, a muchos habitantes les de risa el eslogan oficial “Medellín, un hogar para la vida”. Ah, pero por lo menos tendremos un poco más de circo: gracias a Madona, nos adelantarán el alumbrado navideño.

 

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