Por: Iván Mejía Álvarez

A la pelota

Por supuesto, el fútbol no es un juego perfecto.

Tiene demasiadas imperfecciones, muchos errores reglamentarios, consideraciones de tipo general que no son válidas, y todo esto lo único que logra es volverlo más humano y más normal, más cercano a los individuos que lo practican y, por ende, a quienes lo disfrutan o lo sufren.

Al técnico portugués José Mourinho lo echaron el domingo anterior por una encendida protesta contra el juez del juego frente al Cardiff. Mourinho consideró que este equipo hacía tiempo para devolver la pelota a la cancha y demoraba la reanudación de las acciones, y cuando protestó se llevó su expulsión, que le acarreó una multa y una fecha de suspensión.

Esta vez, Mourinho tiene razón. Se pierde demasiado tiempo en el fútbol y los aficionados están siendo engañados, estafados en la boleta que compran. Un partido debe durar 90 minutos y a lo sumo se están jugando 60 o 65. La pelota permanece por fuera del rectángulo, enviada generalmente por equipos que en su clara inferioridad técnica recurren a esta deleznable treta de restarle minutos al partido para evitar ataques enemigos.

Alguna vez se intentó un cambio reglamentario haciendo que los partidos tuviesen 90 minutos corridos, jugados, en lugar de los noventa nominales. No dio resultado, se requerían mesas de control, relojes, jueces, enredaban la pita y no garantizaban que se pudiera cumplir el reglamento. La idea fue abortada y el fútbol sigue como sigue, jugándose el 60% del tiempo, es decir robándole al aficionado parte de su boleto.

Otro defecto del fútbol son los simuladores o piscineros, esos tipos que han hecho de la mentira una profesión, tirándose, llorando, reclamando faltas para penal y expulsiones adversarias. Son detestables y lo peor es que cada día hay más, en grandes ligas y en partidos de barrio. Se ha llegado a la conclusión que ser vivo significa engañar al juez, hacerle creer lo que no pasó, y ya se felicita a quien logra su propósito. De esos vivos, ¡líbrame Señor¡

Y otro tema que molesta del fútbol: los árbitros le dan más importancia y consideran más grave que les reclamen por una falta mal sancionada o no sancionada que por una patada violenta. Los jueces con ego extremo se creen intocables y de inmediato sacan amarilla a quien reclama —por supuesto que hay tonos de tonos— y en cambio eluden sancionar a los pataduras y pegapatadas. Esos árbitros prepotentes, ególatras, dueños de la acción y la intención, resultan terriblemente fastidiosos.

Gracias a Dios el fútbol no es perfecto.

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