Por: Javier Ortiz

La pelota manchada

A veces la pelota sí se mancha. No era el ruido de la hinchada que rugía por su selección en las tribunas lo que se escuchaba la tarde del 21 de noviembre de 1973 en el Estadio Nacional de Chile, era el eco de los gritos de horror de los torturados y asesinados días atrás en ese mismo escenario.

Hacía algunas semanas, el 11 de septiembre de 1973, Pinochet había dado un golpe de estado al gobierno de Salvador Allende. Al día siguiente el Ejército había convertido el estadio en un campo de concentración en el que durante dos meses fueron llevados a la fuerza alrededor de 20.000 personas.

Ese día, cuando la selección chilena saltó a la cancha no encontró adversario. La Unión Soviética decidió no trasladarse a Chile para jugar el partido de vuelta en la repesca por un cupo al Mundial de fútbol de Alemania 74. Cobijados por la formalidad del reglamento, los chilenos solo tenían que meter un gol simbólico en la portería vacía para clasificar al mundial debido a que el encuentro en Moscú había terminado en empate sin goles. El balón se puso en marcha. Los volantes y los delanteros se pasaban la pelota y avanzaban lentamente hacia la portería. Casi en la raya, el mediocampista Francisco Valdés remató. No hubo grito de gol en la tribuna, ni carreras de júbilo ni abrazos entre los seleccionados.

Para justificar la entrada de 18.000 espectadores, los directivos aprovecharon que el equipo Santos de Brasil estaba de visita en Chile y se jugó un partido amistoso con la selección ya clasificada. Tampoco hubo celebración. El equipo brasileño se encargó de ganarles por cinco goles a cero. Los que estuvieron en el estadio cuentan que los jugadores chilenos se veían torpes, incluso, al momento de anotar el gol simbólico en una cancha sin rival. Sus cabezas parecían estar en lo que había sucedido allí días atrás.

Varios años después el delantero Carlos ‘Chino’ Caszely dijo que durante la concentración en los días previos al partido, “los familiares de los desaparecidos se me acercaban y me pedían: ‘Chino, tú que estarás en el estadio, por favor, averíguate si está mi hijo, o mi compañero de universidad’”. Su colega de selección Leonardo Véliz recordó, 30 años después aquella tarde: “Fue escalofriante. Creo que aún había restos de lo que había acontecido en los vestuarios y fue algo muy difícil de asumir”.

Un mes antes del partido, en medio de las denuncias de la prensa internacional por lo que pasaban en el estadio de fútbol, la comisión de la FIFA estuvo de visita en Chile. Se cree que cuando recorrieron las instalaciones del estadio todavía había 7.000 detenidos en ese lugar. Pero la FIFA nunca los vio, miró hacia otro lado. En la conferencia de prensa que ofrecieron junto al ministro de Defensa dijeron que su informe iba a ser el reflejo de lo que habían visto: “tranquilidad total”. Mientras tanto, en las celdas improvisadas del Estadio Nacional, miles de detenidos eran obligados a jugar un partido que de antemano sabían perdido.

En ese mismo estadio, la noche del pasado jueves, comenzó a correr el balón en una nueva versión de la Copa América de fútbol. Mientras los fanáticos se concentran y la FIFA afronta un escándalo que antes de investigarse ya era un secreto a voces, es el momento de recordar que en ocasiones la pelota ha rodado manchada de sangre.

 

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