Por: Antonio Casale

La pelota no entra

A veces se nos va la mano en la profundidad con la que pretendemos analizar los partidos de fútbol. Que jugar con tres atrás y dos laterales volantes es mejor para atacar por los costados, que la presión alta asfixia al rival, que la posesión del balón es más bonita o que defenderse a ultranza es otra manera de jugar bien. Estas y otras miles de situaciones tácticas y estratégicas ocupan el pormenorizado análisis de un juego que al final es más simple de lo que creemos.

No es que estas cosas no sean importantes, claro que lo son, pero ya decía José Mourinho que no le preocupa tanto la táctica como la manera de jugar en la cancha. César Luis Menotti decía que él paraba bien a los jugadores, pero el problema es que cuando suena el pito del árbitro se tienen que mover. Total, el fútbol es un juego de toma de decisiones, se juega con la parte más lejana a la cabeza, los pies, y lo que se decide hacer en milésimas de segundo es lo que marca la diferencia.

Por eso es tan frecuente ver equipos muy aplicados, que tratan bien a la pelota, pero que no ganan nada. Los de Juan Manuel Lillo, por ejemplo. Oncenos que juegan a defenderse desentendiéndose de la pelota y que ganan títulos. Los colores y sabores del fútbol pueden satisfacer paladares o no, pero al final, si la pelota no entra, las maneras no sirven de nada.

Le pasó a Millonarios el miércoles frente a Corinthians y le ha pasado en el comienzo de año sistemáticamente, salvo en el partido en Medellín contra Nacional por la Superliga, título que terminó adjudicándose. El equipo es fiel al estilo que le dio la corona el año pasado. Presiona en la mitad al rival para no dejarlo pasar y armar juego desde esa zona, en donde todavía puede explotar la salida por los costados de sus extremos, levanta centros o intenta llegar de afuera hacia adentro en el último cuarto.

Es equilibrado, no le molesta la pelota, pero no la quiere tener por largos ratos. Como se defiende casi en la mitad le llegan poco, y cuando lo hacen, los centrales tienen un compromiso importante en el mano a mano. Genera cuatro o cinco opciones de gol por partido.

La diferencia es que el año pasado, de esas cuatro o cinco metía una o dos y todos hablábamos de la contundencia del equipo azul. Hoy no la mete, y eso se debe a que la toma de decisiones en el último cuarto de cancha no es la correcta, consecuencia de la sumatoria de oportunidades desperdiciadas que genera ansiedad a la hora de definir. Claro, como se generan pocas opciones, los delanteros saben que no tendrán muchas más para anotar. Es algo enteramente mental en lo que ellos, los únicos responsables de cambiar la situación, tendrán que trabajar.

El sacrificio es el mismo, la manera de jugar también, pero la pelota no entra. Pequeño detalle que marca una gran diferencia.

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