Por: Luis Fernando Medina

La peor forma de gobierno

La consolidación del matrimonio igualitario (o matrimonio homosexual) va camino de convertirse en uno de los cambios pacíficos más rápidos de la historia. Hace apenas veinte años era prácticamente impensable y ahora parece imparable.

Por estos días la Corte Suprema de Estados Unidos lo admitió a nivel federal y son cada vez más los países donde la idea cobra fuerza. Para que lo pongamos en contexto, la idea del sufragio femenino se comenzó a plantear en Inglaterra en los años 1860 y solo vino a triunfar en 1928 en aquel país, sesenta años después. Justo es decir que ya había sido introducido en Nueva Zelandia en 1893 y que, para orgullo de Colombia, figuraba en la Constitución de la Provincia de Vélez de 1857 (aunque esa constitución desapareció antes de que se celebraran elecciones reales).

Para quienes creemos en los principios de igualdad y libertad que el matrimonio igualitario encarna se trata de, además de una buena noticia, un ejemplo positivo: una causa justa se fue abriendo paso en democracia, sus defensores no tuvieron que acudir a la violencia (en cambio muchas veces fueron víctimas de ella), y poco a poco lograron persuadir a la opinión pública hasta que la victoria se volvió casi segura. (El caso de Estados Unidos no fue un triunfo electoral sino judicial, pero en esto la Corte Suprema va a la zaga de la opinión pública.)

Si los grandes problemas sociales se pueden resolver de esta manera en las democracias modernas, entonces podríamos ser optimistas. Podríamos concluir que, posiblemente tengan razón los politólogos que sostienen que, por encima de cierto umbral de prosperidad, las democracias ya son irreversibles. Pero, ¿qué tanto podemos extender este ejemplo? No lo sé. Pero voy a esbozar unas ideas al respecto.

Lo primero que queda claro es que este método, movimientos sociales que van creciendo pacíficamente en un clima de tolerancia cada vez mayor, funciona gradualmente, a punta de pequeñas victorias que se van acumulando y creando un clima de normalización de lo que antes parecía impensable. En segundo lugar, los beneficiarios de estos movimientos están repartidos por toda la sociedad. El sufragio femenino triunfó en buena medida porque aún entre las élites más recalcitrantes podían encontrarse mujeres. De hecho, algunos políticos progresistas de la época temían que el sufragio femenino fuera a aumentar el voto conservador. (En Estados Unidos el primer efecto visible del sufragio femenino fue la Prohibición del Alcohol.) Del mismo modo, al decaer los tabúes al respecto, es cada vez más visible la presencia de homosexuales aún en las más altas esferas de la economía y la política. Por último, estos son procesos que pueden transcurrir perfectamente en el marco de los Estados-nación tal como los conocemos. Esto es crucial porque asegura que cualquier victoria que se obtenga no va a ser puesta en peligro por la reacción de otros países.

Pero las cosas están menos claras en otros casos. Para comenzar con el caso en el que soy más optimista, en los últimos años hemos visto la idea de la renta básica universal abrirse paso. Aún falta muchísimo pero si me tocara hacer un pronóstico, diría que las democracias modernas son perfectamente capaces de ir en esa dirección, con lo que se erradicaría de una vez por todas la pobreza y se consagraría el derecho a la subsistencia material. Repasando la lista del párrafo anterior, es una causa que permite avances graduales. En segundo lugar, con los cambios en el capitalismo moderno cada vez va a haber más posibles beneficiarios repartidos por toda la sociedad en lugar de ser un grupo marginal. (Aunque este tema no lo puedo desarrollar en tan poco espacio.) Por último, los países tienen cierta discrecionalidad para avanzar en este camino si así lo deciden. En cambio, por ejemplo, los impuestos globales al capital, una idea que en estos días ha sido popularizada por Thomas Piketty, son algo que requieren la concertación de muchos países con intereses contrapuestos. Ganancias unilaterales en un país se pueden revertir si otros países no colaboran.

Pero hay un tema apremiante en el que, según el consenso que está emergiendo, no se cumplen las condiciones enunciadas: la degradación ambiental. En primer lugar, si tienen razón algunos de los principales climatólogos, si no se hace nada en solo unas pocas décadas, habrá daños irreversibles. En segundo lugar, es un problema en el que los perdedores están muy lejos de los ganadores. El calentamiento global puede representar solo unas cuantas molestias a los ciudadanos de Europa (molestias costosas, pero superables) mientras que devasta cosechas en África Central y desplaza millones de personas en Bangladesh. En tercer lugar, es, por definición, un problema que no está restringido a un Estado-nación.

En su aforismo tantas veces citado, Churchill decía que la democracia es la peor de las formas de gobierno si se excluyen todas las demás. La semana pasada vimos en Estados Unidos un ejemplo de que, como método de cambio social, a veces la democracia es mejor que lo que decía Churchill. Pero de pronto no funciona tan bien en otros casos y, lo que es más grave, no tenemos ni idea de cómo mejorarla. 

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