Por: Juan Carlos Ortiz

La percepción y la realidad

Nada es como lo pintan y así funciona la vida y también el mercadeo y la publicidad.

A veces lo que aparenta ser de una manera termina siendo de otra. Lo llamamos la diferencia entre la percepción y la realidad, las cuales nunca se logran juntar en un mismo punto. En eso radica la magia de la creatividad, donde la publicidad  busca cruzar  momentos mágicos de la vida con la observación de lo cotidiano.

Estaba jugando golf en un campo  al borde de un manglar que colindaba con un lindo canal acuático. Muy concentrado me disponía a salir con una madera: swing y la bola voló  hasta que una curva a la derecha se apoderó de ella,  terminó desviada y se introdujo en el manglar. Decepcionado, caminé hasta allá con el objetivo de  rescatar mi bola. Busqué en los límites del manglar y no apareció. Decidí entonces ir más adentro, entre los arbustos, pero no encontré una, sino varias  en la superficie de barro.

Orgulloso por el hallazgo masivo las tome y me percaté de que cuanto más entraba, más bolas aparecían. Sin saberlo me había encontrado con el templo de la bola perdida, testigo de cientos de malos golfistas como yo y de todos sus golpes errados. En ese momento ya el juego no me importaba en lo más mínimo y mi atención se centraba únicamente en recolectar canastas llenas de bolas. Feliz con mi logro y con mi encuentro cercano con lo desconocido, de repente observé dos bolas más a unos pocos metros de distancia, pero sorpresivamente se movieron un poco; quedé confundido. Me concentré nuevamente en ellas hasta que me di cuenta de que no eran bolas, eran ojos, los ojos de un caimán a mi lado. No sabía si el animal estaba descansando, refrescándose o haciendo la digestión; solo sabía que estábamos muy cerca. Petrificado, empecé a dar reversa lentamente y muerto del susto solté el hierro que llevaba en mis manos y salí corriendo disparado hasta salir del manglar. A salvo y respirando vertiginosamente entendí que me había metido donde no debía  confundiendo bolas de golf con ojos de caimán. Un encuentro que me recordó contundentemente la diferencia entre la percepción y la realidad. Definitivamente, el tigre no es como lo pintan y en este caso el caimán tampoco.

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