Por: Julio César Londoño

La perversión como una de las bellas artes

EL SEXO ES UN TEMA RECURRENTE del cine porque esa es la obsesión central de la especie.

 

El mundo gira en torno al oro pero los terrícolas giramos en torno al sexo. Y desde siempre los directores de cine han buscado la estética del género, la línea de sombra que separa el erotismo del porno. ¿Son siempre vulgares las tomas explícitas? ¿Hasta dónde se puede acercar la cámara sin salpicar al espectador? ¿Es más erótica la sodomía que la felación? ¿Es más fotogénico el falo que la vagina? Como pasa siempre con las grandes preguntas, no hay respuestas definitivas, pero sí respuestas memorables. Algunas terribles, como esa secuencia de El último tango en París donde Marlon Brando trinca contra el piso al pimpollo de María Schneider. Ella está sofocada, bocabajo, por el peso de ese señor. Tiene los jeans a mitad de muslo. La mantequilla está un poco retirada. Él calcula que si va por ella el pimpollo escapará. Entonces estira una pierna sin soltar la presa, acerca la mantequilla con el pie y hunde dos dedos de su mano derecha en la cremosa sustancia. La escena no es tan larga como esa secuencia interminable en la que sodomizan a Mónica Bellucci en Irreversible, pero dura lo suficiente para que el espectador pase de la excitación a la angustia.

En El cartero llama dos veces Jessica Lange es una rubia piernilarga y fogosa, una hembra eléctrica. Está casada con un panadero viejo. Un día llega al negocio un protomacho, Jack Nicholson. Un falo con piernas. El panadero le da techo y trabajo. La hembra y el macho se miran. Se husmean. La atmósfera se carga y se vuelve irrespirable hasta una mañana en que la gravitación sexual los arrastra. Entonces se besan brutalmente, con hambre, despejan a manotazos una mesa, vuelan panes y cuchillos, y consuman allí, envueltos en una nube de harina y feromonas, animales magníficos, un polvo que la humanidad no dejará caer.

Hay una escena de Bajos instintos que es un paradigma minimalista. Sharon Stone es interrogada por tres policías. Lleva un vestido blanco, suelto. Una tela de mucha caída. Es obvio que no tiene nada debajo. Fuma lascivamente. Perfecta en la cima de sus 30 años, Sharon es dueña absoluta de la situación. Los policías sudan. La cámara la toma en contrapicado justo en el momento en que la mujer más bella del mundo hace un cambio de piernas magistral, y por un milisegundo un destello herboso y dorado encandila para siempre, desde el vértice goloso de la diva, la retina del espectador.

A Bergman, un pervertido fino, le debemos otra perla minimalista. Liv Ullman llega a una casa que quiere rentar. Entra. Ignora que un vago se ha tomado el lugar. Un joven drogadicto. La cámara la sigue en su inspección de la casa. Ella entra a un cuarto. De pronto se oyen ruidos como de forcejeo, y una interjección ahogada. No sabemos qué está pasando. Sólo vemos la larga pierna de Liv Ullman que se defiende en el piso de algo furiosamente... el zapato blanco de tacón afilado, la falda recogida. Jadeos. La pierna se agita cada vez menos, se va aquietando, luego se abre... se recoge... la pelvis se levanta involuntariamente... Es una inquietante secuencia. Deberían haberle dado un Oscar a esa pierna.

En cuanto argumentos eróticos, Una propuesta indecente es lo mejor que se ha escrito. Que una señora de carácter, joven, bellísima pero nada plástica, corredora de bolsa y muy enamorada de su marido acepte revolcarse por un millón de dólares con un desconocido, es sencillamente perfecto. Tanto, que no se necesitaron escenas de alcoba con el millonario (Robert Redford). Todo se deja a la imaginación del marido, que agoniza de celos, y del húmedo espectador. Eso sí es erotismo. Lo demás son jadeos.

 

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