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hace 3 horas
Por: Gustavo Páez Escobar

La pesadilla de Noruega

Nadie podía pensar que este país de 4,8 millones de habitantes que han vivido rodeados de riqueza, paisajes fantásticos, envidiables condiciones sociales y absoluta tranquilidad, llegara a ser víctima del odio de un loco desaforado que en la isla de Utoya disparó su arma automática, de manera indiscriminada, contra una multitud de jóvenes y mató a 68 de ellos.

Momentos antes había estallado un carro bomba en la plaza Einar de Oslo, donde están instaladas importantes dependencias del gobierno, y mató a 8 personas. Los edificios sufrieron grandes destrozos, a pesar de lo cual la mortandad fue baja. Con esta doble acción criminal, Anders Behring Breivik, un ciudadano noruego de 32 años y 1,92 de estatura, de apariencia tranquila y que nunca había despertado sospechas para semejante acto de barbarie, cumplía el soterrado propósito concebido durante varios años.

Todo había sido ideado en forma minuciosa. En su computador estaban acumuladas 1.500 páginas de escritura frenética, en las que revelaba sus planes siniestros de buscar un blanco donde se sacrificara el mayor número de personas a fin de llamar la atención del mundo sobre el mensaje que deseaba transmitir. De hecho, ya están notificados los países europeos de que los propósitos de este ultraderechista que no actúa solo (falta descubrir las células que lo secundan) es luchar contra el islamismo y las élites gubernamentales.

Se declara fundamentalista cristiano. Su fanatismo religioso y político lo hace suponer que es necesario salvar a Noruega y a Europa del marxismo cultural y de los musulmanes. Lleva incrustados en la mente firmes sentimientos racistas y xenofóbicos que lo hacen abogar por el nacionalismo y oponerse a los sistemas democráticos. Bajo esa mira, escogió la plaza de gobierno de Oslo, donde despacha el primer ministro Jens Stoltenberg a nombre del Partido Laborista, y la isla de Utoya, donde 600 jóvenes entre 15 y 25 años recibían formación política bajo la bandera laborista. El blanco no ha podido ser mejor escogido.

Breivik manifestó que la matanza era necesaria para iniciar una revolución que lleve a trastocar el orden establecido. Acude al terrorismo como medio para despertar la conciencia de las masas. El procedimiento no es nuevo, y es el mismo que desde la otra orilla practican los seguidores del islamismo y los secuaces del neonazismo. Un loco más busca con la violencia cambiar la sociedad. 

Una mente que como la de Breivik viene ocupada durante nueve año en armar métodos destructores para provocar –según dice– una revolución que salve al mundo de los sistemas políticos que no comparte, no puede ser sino una mente desquiciada. Esa idea obsesiva lo condujo a la locura furiosa. El solo hecho de disparar con cabeza fría y en forma indiscriminada contra la multitud, indica que no está en sus cabales. No obstante, este atentado  cometido en el país considerado el más pacífico del mundo, es una voz de alarma que debe sopesar el mundo entero para enfrentar un nuevo tipo de terrorismo que amenaza la paz de las naciones. El terrorismo recalcitrante, provenga de la derecha o de la izquierda, desquicia a las sociedades.

Noruega, cuya paz edénica se convirtió de repente en un infierno, está enfrentada a la aparición de los grupos de odio que se esconden detrás de la figura impávida de un ciudadano que parecía del común. Sus balas, más que expansivas, son bocanadas de fuego que salen del instinto asesino que predica el odio como sistema de poder y no tiene reparos en sacrificarr a sus propios coterráneos.

El mundo, frente a estas explosiones de ira y destrucción,  no puede desoír las profecías de la Biblia, en palabras de Cristo: “Se levantará nación contra nación y reino contra reino; y habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares, hambres y pestes; y habrá terror y grandes señales en el cielo. Pero todo será apenas el principio de los dolores”.

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