La peste de la desinformación

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MIAMI. Por estos días, en los que ha habido un rebrote del COVID-19 en 33 estados, Tucker Carlson, la estrella del prime time del canal Fox News, ha intensificado su campaña para demeritar y restarles valor científico a dos cosas que, en todo el mundo, ya son axioma: guardar distancia física y usar tapabocas, dos medidas elementales con el fin de reducir el riesgo de contraer esa enfermedad, por ahora sin vacuna o remedio efectivo para tratarla.

Semejante exhibición de desprecio por los demás se da en el momento más crudo de la pandemia, en el que Estados Unidos supera al resto del mundo en muertos e infectados, y cuatro de los estados más poblados del país (California, Florida, Texas y Arizona) experimentan un repunte crítico del virus que podría colapsar sus sistemas hospitalarios, en especial sus unidades de cuidados intensivos.

Carlson —un periodista y presentador de extrema derecha, que le habla al oído a Trump— es campeón en audiencia en el horario estelar; se lleva por delante al resto de sus competidores de las otras cadenas, abiertas o por cable. Por lo tanto, tiene una tribuna tan poderosa como la del presidente, otro de los grandes focos de contagio de la peste de la desinformación.

Desde el momento en que se vio que el asunto era serio, con la declaratoria de emergencia nacional y la orden en los 50 estados y territorios de cerrar negocios de todo tipo, universidades, colegios, centros comerciales, eventos de masas, vuelos nacionales e internacionales, empezaron a perfilarse dos versiones de la misma crisis: por una parte, la de los expertos, científicos y cuerpo médico; por otro lado, la de la Casa Blanca, con sus aliados y adláteres en los medios tradicionales y digitales, en el Congreso y en las redes sociales.

Mientras los epidemiólogos advertían que la cuarentena era una medida drástica, pero necesaria para evitar la extensión del contagio, Trump y sus amigos le restaban importancia o peligro a la enfermedad, veían las medidas tomadas como un asalto a las libertades individuales, se inventaban remedios imposibles, anunciaban la inminente aparición de la vacuna, les torcían el pescuezo a las estadísticas (ocultando la cifra de enfermos en cuidados intensivos o de muertos, como en el caso de Florida), y hacían malabares de circo para desviar la atención.

Uno de los argumentos favoritos del mandatario anaranjado y sus altavoces es que ahora se detectan más casos porque se hacen más pruebas. Esa es la explicación mentirosa, pero reiterativa, de por qué hoy estamos peor que en marzo, con más contagiados. No dicen, por ejemplo, que el mayor número de individuos con el virus se debe, en gran medida, a la reapertura demasiado rápida, en estados y ciudades con gobernantes republicanos, de almacenes, restaurantes, bares, peluquerías, salones de belleza y centros comerciales, sin cumplir a cabalidad las propias normas promulgadas por las entidades gubernamentales de salud y de control de enfermedades. Por lo tanto, se intensificó el contagio por contacto entre personas y se permitió la gran irresponsabilidad colectiva de no guardar distancia física, ni usar tapabocas, en medio de grandes aglomeraciones en sitios cerrados o en las playas.

El propio presidente se convirtió en el saboteador en jefe de las medidas de su administración para tratar de controlar el brote y hacer una reapertura de actividades sin poner en innecesario peligro la vida de los demás. Hoy, se niega a usar el tapabocas y sigue su desdén ante los alarmantes reportes provenientes del comité especial creado en la Casa Blanca, presidido por el vicepresidente Pence, para enfrentar la pandemia. ¿Por qué? Por tres razones: por ignorancia, soberbia y desespero ante el desplome de sus ambiciones reeleccionistas. Todo esto, revuelto y exacerbado por el discurso incendiario del mandatario, es la peor receta para salir de la pesadilla.

Fue a Trump, bajo la complicidad de su gabinete y el silencio de sus siervos en Cámara y Senado, al que se le ocurrió hacer una manifestación en un coliseo en Tulsa, Oklahoma, en medio del incremento de casos en esa ciudad. Con un agravante: los asistentes al evento no fueron obligados a usar máscaras, ni a guardar la distancia física. El resultado está a la vista, tres semanas después de la aventura: se dispararon la infección y las hospitalizaciones en la ciudad, con la secuela de crisis en las unidades de cuidados intensivos, la escasez de respiradores artificiales y de equipos de protección para el cuerpo médico. Habrá con seguridad pérdida de vidas, hecho que se hubiera podido evitar.

Vuelven a la carga, y dicen que sí, que perfecto, hay más infectados, pero menos muertos. Mienten una vez más. Lo que pasa es que el conteo de defunciones va muy atrás de la aparición de nuevos casos, por la misma naturaleza del virus.

Pero lo más trágico de toda esta situación —que cada día no deja de ser más grave— es la negación deliberada de las verdaderas dimensiones del problema. Es ya inocultable el estruendoso fracaso del actual gobierno y su política de no tener política alguna para tratar de hacerle el quite a una crisis que quiere meter debajo del tapete.

Por eso Fox News, sus presentadores de postín, la Casa Blanca y los políticos afines al trumpismo dentro del Partido Republicano se han convertido en una máquina de fabricar mentiras, sin descanso, las 24 horas del día. La última de las grandes ideas del fascista que busca “despachar” otros cuatro años en la oficina oval es obligar a los gobernadores —so pena de reducción de dineros federales para el rubro de educación en sus jurisdicciones— a que reabran en sus respectivos estados el sistema de escuelas públicas con el argumento criminal de que los niños y jóvenes no son población de alto riesgo. Ni siquiera se enferman, dicen. Para empezar, hay muchas opacidades en el conocimiento del virus. Segundo, a los colegios también van profesores y personal administrativo. Tercero, menores o adultos se pueden contagiar y transmitir la enfermedad a personas mayores, de alto riesgo. Una prueba al canto: en Missouri tuvieron que cerrar un lugar para acampar después de que 80 personas —entre niños y personal administrativo del sitio— resultaron con COVID-19.

Además, se requerirían miles de millones de dólares para dotar a cada colegio con todos los recursos para desinfectar salones y pupitres, con un sistema eficiente de aire acondicionado, con medidas efectivas de uso de tapabocas y distanciamiento físico. ¿Cómo hacer esto último en niños de cinco, seis u ocho años? ¿Cómo garantizar recursos, cuando la Cámara aprobó una partida de 30.000 millones de dólares para que el sistema escolar público pudiera enfrentar los retos del virus, y el Senado no la ha querido gestionar?

Y la pregunta de fondo: ¿Cómo es posible que, en temas de salud pública, la peste de la desinformación y el engaño se permita sin sanción alguna?

La primera enmienda de la Constitución de Estados Unidos es algo excepcional que garantiza este tipo de contenido tendencioso, al igual que la quema de la bandera, insultos, burlas y chistes crueles al presidente de turno, y toda clase de teorías, opiniones, manipulaciones, incluso expresiones racistas como el Ku Klux Klan o los neonazis, siempre y cuando se limiten a manifestar su pensamiento sin recurrir a la violencia. Algo que, hoy por hoy, es casi imposible.

Y si a lo anterior se le añade la segunda enmienda, que permite el porte y compra sin limitaciones de armas, tenemos como resultado las milicias armadas, compuestas por supremacistas blancos fanáticos de Trump, preparadas, entre otras cosas, para repetir como loros que la pandemia es un engaño, una patraña comunista, una excusa para la tiranía de gobiernos demócratas que buscan acabar con la esencia del país de ficción que pretende construir su líder: blanco, muy blanco.

Tal vez nunca había sido tan cierta la consigna de que la próxima elección presidencial, el 3 de noviembre, será la más importante para esta generación, y las venideras, porque un país poderoso en el que sus líderes no creen ni respetan la ciencia, y la reemplazan por el engaño, es un peligro para la misma sobrevivencia de la especie humana.

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