Por: Diana Castro Benetti

La piel del otro

Somos seres que deseamos al otro.

Queremos que nos imagine, que nos dibuje y nos añore. Queremos que nos entienda, queremos que sea el otro el que adivine lo que nos gusta, lo que no, lo que tal vez. Buscamos ser aceptados por el amigo, la familia y la pareja. Buscamos que el respeto nos pertenezca, que el reconocimiento no nos huya o que el aplauso sea fantástico. Pensamos y esperamos que sea el otro el que comprenda. Queremos que los otros alaben nuestra inteligencia y vean nuestro éxito. Queremos que el mundo sea nuestro y queremos ser alguien en el mundo, a veces a cualquier precio.

También somos seres con dificultades para la sinceridad o la generosidad. Vamos con las mentiras puestas engañándonos con vehemencia. Nos escondemos para que no vean tanta incongruencia, secretos o las idioteces de cada día. Nos duele cuando nos señalan y nos excluyen o cuando nos enjuician y se nos niega lo obvio como la dignidad. Vamos buscando de otros su dinero, su alegría y también sus ideas. Siempre queremos ser mirados.

Pero el más profundo y primitivo deseo es que el otro nos sorprenda con un abrazo, que nos toque, que pueda ver, después de todo, lo que somos en la esencia, más allá del cuerpo. Pero como seres encarnados es la piel la que llevamos puesta y nos acompaña silenciosa anhelando ser vista y apreciada. Piel que nos evidencia y que evidencia al otro lo que es. Piel del otro que lo cobija con sus texturas, colores, detalles, rugosidades y sus perfectas imperfecciones. Piel que nos cubre y nos oculta. Piel del otro que nos seduce y convoca. Piel que nos define y nos presenta y nos representa. Es la presencia hecha carne, huesos, músculos, lunares, cicatrices, arrugas, tensiones; es la presencia que cuenta las historias, los dolores y los sueños. Es la presencia envuelta en piel la que pide un beso, una caricia y Ese poquito más. Juntos o separados, la ausencia acaba siendo, también, la piel del otro.

Maravilloso sentido del tacto tan sagrado como olvidado porque es el que abre la puerta del reconocimiento a la vida y camina hacia la comunión. Abrazo que reconforta, mano que se acompaña y se compromete, barreras que no existen porque vamos siendo tal cual. Tacto sublime que nos enfrenta a la realidad propia y del otro. Pero en una cultura en la que se confunde el sexo con la caricia o el orgasmo con el amor, las pieles separan, rechazan, magullan y acaban por ahondar las distancias y catapultar las ausencias. Cuerpos juntos pero lejanos; encuentros placenteros pero infelices. No siempre pero casi. Y nos lleva siglos de silencios, aislamientos y respiraciones comprender que lo primero es la caricia hecha afecto porque es la que planta el amor. Desenvolver la piel del otro es empezar por el principio: la aceptación, dulce aceptación.

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