Por: Mauricio Rubio

La pintora acosada y la feminista

El acoso en el trabajo está tan enraizado en Colombia que una feminista con poder para combatirlo terminó aceptándolo.

Jackeline Beltrán sólo pretendía hacer bien su oficio de pintora. Años atrás no se aceptaban mujeres para ciertas labores como mantenimiento o vigilancia. Había sido supervisora de cobros pero quiso reciclarse en una actividad manual: le encanta pintar. Al presentar su hoja de vida en la Universidad de Ibagué le aclararon que su perfil laboral no era el de pintora; le anunciaron que sería un proceso muy duro, y así fue. “Transformé los colores oscuros, opacos, que tenía la universidad para darle un tono de alegría e iluminación”. Esa iniciativa generó rechazo. “Empezaron los tropiezos con los compañeros porque hacía más de lo que debía”, uno de ellos “como acosando, quería ir más allá en la parte sexual”. No tenía sitio para cambiarse, le tocaba “en las bodegas de ellos y había uno que no se salía, forzosamente tenía que vestirme ahí. Eso era muy incómodo, pero para acoplarme me sometí”.

Un día, subidos en un andamio de diez secciones, el mirón intentó manosearla. “Ni corta ni perezosa le lancé el rodillo y la brocha… ya no más, no me joda”. Por poco se cae, pero le replicó amenazante: “Si usted dice algo, le echo los de las motos, yo tengo amigos en moto”. Jackeline tuvo que buscar macho protector para poner la denuncia. Con el testimonio varonil, el acosador fue trasladado, dejando un ambiente laboral aún más difícil para ella. La aislaron, nadie le hablaba. Aunque fue tenaz, aguantó hasta cuando la Universidad contrató varias mujeres para servicios de vigilancia. Pronto empezó el acoso contra ellas, entre otras “decirles cosas morbosas… allá va la que lo da por 20.000 pesos”.

Jackeline entró al Comité de Convivencia y les pidió a las vigilantes que escribieran lo que les pasaba, que formalizaran sus quejas. “Va a haber represalias”, le advirtieron. Ella insistía que con testimonios escritos se podría hacer algo. Convenció a una y al día siguiente encontró sobre el casillero un mensaje casi mafioso, con letras recortadas, pegadas y cruz negra al lado: “Gracias sapa, firmaste tu echada”. Quedó aterrada, le mostró el anónimo al supervisor diciéndole que se iba ya para la Fiscalía. Le prohibieron salir de la Universidad para poner la denuncia. Envió una carta al Comité, con copia a varias instancias administrativas. “Me encuentro en alto grado de estrés, angustia permanente, desmotivación”. La amenaza afectó su rendimiento laboral y académico: cursaba sexto semestre de Derecho en otra universidad. En la carta mencionaba que también había sido acosada por su orientación sexual. Las burlas permanentes —“allá va la arepera esa”— la afectaban: “Eso duele, duele bastante, uno se siente impotente”. Buscó apoyo de la doctora Carmen Inés Cruz, entonces rectora, quien se lavó las manos: le recomendó que buscara otro empleo para que no la acosaran más. “Esa fue la respuesta que ella me dio, eso me dolió porque se supone que ella es mujer, debía apoyarlo a uno… está en la parte de igualdad de género, participando en esos diplomados”. Tras la frustrante reunión, Jackeline fue degradada de la pintura, su habilidad y vocación, a lavar baños.

La doctora Cruz ha sido consultora de agencias multilaterales, ha hecho carrera política y es coautora de varias publicaciones. Entre sus áreas de interés se destaca la equidad de género. En un artículo sobre “Igualdad de la mujer colombiana: un compromiso que no se está cumpliendo” anota con preocupación que “persiste la brecha de género en materia de desempleo y la mujer sigue ocupada sobre todo en el sector informal, con menor remuneración y condiciones laborales más precarias”.

La misma doctora le encargó a Mónica Godoy, docente de la Universidad, un diagnóstico sobre la situación de acoso, pero le quitó el respaldo cuando las nuevas directivas la despidieron sorpresivamente. Causó molestia el informe que mencionaba algunas fallas del plantel ante el problema. Las retaliaciones no amainan: la directora de Ciencia Política acaba de ser desvinculada sin justa causa después de asistir a un conversatorio público con Jackeline.

Difícil imaginar un ejemplo más ilustrativo de discriminación contra la mujer que este, un caso de antología. Jackeline sufrió triple acoso: laboral, sexual y homofóbico. Encima, resultó perjudicada por cumplir con su labor en el Comité de Convivencia, cuando debió tener algo equivalente al fuero sindical. Ese infierno adobado con amenazas, en un ambiente impregnado del discurso igualitario, lo ignoró, tal vez respaldó, una feminista desvelada por el rebusque y la vinculación de mujeres al sector informal. Qué ironía, allá terminó trabajando la valiente pintora que, ella sí, estuvo siempre dispuesta a luchar de manera realista y pragmática, sin retórica, por un ambiente laboral libre de discriminación.

Ver más…

Buscar columnista

Últimas Columnas de Mauricio Rubio

Los péndulos de Foucault

¿Izquierda o derecha?

Cómo decir prostituta en chino

Solteros involuntarios

Mujeres que se peinan solas